Todos los chilenos sabemos que nuestras ciudades son cada vez más segregadas y nos consolamos creyendo –porque así se nos dice- que la fragmentación entre zonas de ricos y zonas de pobres son problemas inevitables del mundo moderno. Sin embargo, un informe de la OCDE conocido a comienzos de marzo de 2013 ha mostrado que Santiago es la ciudad más segregada de entre 30 urbes estudiadas por ese organismo. Esto quiere decir que hemos llevado la desigualdad a niveles que nadie tolera, salvo los chilenos. ¿Cómo llegamos hasta ese punto? ¿Qué vías pueden sacarnos de esta enferma forma de construir ciudades? La arquitecta Camila Cociña abordó esos temas en esta serie de columnas publicadas en CIPER a fines del año pasado. Siguiendo la línea de las exitosas y clarificadoras reflexiones de los abogados Fernando Atria (10 lugares comunes falsos sobre la educación chilena) y Francisco Saffie (Un sistema tributario diseñado para privilegiar a unos pocos), los textos de Cociña examinan en profundidad un área clave de las políticas pública, pues “una política de vivienda que tienda a que los distintos sectores sociales vivan juntos, puede ser una muy poderosa herramienta de cambio social”.

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La situación ha llegado a tal punto que el gobierno anunció que deberá demoler y reconstruir muchas zonas que se han vuelto invivibles para sus habitantes y focos de peligro para las poblaciones cercanas, lo que significa reconocer que miles de millones de pesos fueron tirados a la basura.

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En esta segunda entrega, Cociña aborda un punto central para una vida social más igualitaria: construir ciudades más vivibles consiste, en parte, en permitir a los distintos grupos sociales vivir en buenas ubicaciones, aunque no puedan pagar por ellas.







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En esta tercera columna, la arquitecta Camila Cociña analiza el rol de los privados en una política de vivienda. Afirma que “tanto constructoras como inmobiliarias lucran a costa de la reproducción de la pobreza y la desigualdad, con dineros provenientes del Estado y del ahorro de las familias más vulnerables”. No propone terminar con el lucro, sino crear instancias para que las constructoras lo obtengan de los sectores altos y medios y no de los pobres ni del Estado.

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La segregación social y su raíz amarga, el miedo al otro, se encuentra en múltiples áreas de la vida nacional. Y las familias pobres que son apartadas en barrios para pobres, terminan mandando a sus hijos a escuelas que solo reciben a jóvenes pobres. La arquitecta Camila Cociña postula aquí que una política de vivienda que tienda a que los distintos sectores sociales vivan juntos, no solo es posible. Puede ser además, una muy poderosa herramienta de cambio social.

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En esta última columna la arquitecta aporta una vía de solución a la que recurren las ciudades que buscan enfrentar sus guetos: la mirada intersectorial, que piensa la urbe como un todo que funciona junto y no como una serie de proyectos inmobiliarios privados donde cada uno renta lo que puede a costa de lo que sea.