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Comentarios (3)

Alejandra Meza | 24.02.2014
Sin embargo se deben revisar los resultados historicos del simce y el impacto de estos en la educacion chilena. ¿ha mejorado ésta sustancialmente en los últimos 20 años gracias a la prueba?
Felipe Trujillo López | 23.02.2014
Respecto del primer propósito del SIMCE mencionado en la columna de Luz María Budge, a saber, monitorear y evaluar el sistema educativo, es sensato, creo, hacer ver es un objetivo demasiado ambicioso para una prueba estandarizada que solo monitorea ciertas habilidades aprehendidas por los estudiantes y el desarrollo del curricular escolar en determinado momento (cuarto básico, octavo, segundo medio, etc.), lo cual, si bien es parte del sistema educativo, NO representa a este en su totalidad en ningún caso. Si el SIMCE parte de una premisa  equívoca como ésta, estamos ante un gran problema.  En segundo lugar, si bien es cierto que las consecuecuencias y la toma de decisiones pos SIMCE, involucra una serie de medidas que tienen como objetivo mejorar la práctica educativa, también ocurre que existen acciones punitivas que fueron detalladas en la columna anterior y que distan demasiado de lo que “bellamente” plantea, desde la teoría, la prueba. En la misma línea: si como medida para mejorar el SIMCE se cae en la unidireccionalidad de la docencia (o del plantel educativo) hacia la misma prueba, se termina por obligar a los docentes a prescindir de unidades didácticas o temáticas que son parte de un currículum hiperinflado que, como el mismo SIMCE lo demuestra, no es íntegramente evaluable a través de una prueba que por lo tanto resulta mezquina. A diario convivo con profesores de tres colegios que nos enfrentamos a la dicotomía maquiavélica de mejorar el puntaje SIMCE o trabajar al menos un 50 % del currículo anual. Desde la docencia, creo que la segunda posibilidad tiene más lógica, por algo están las unidades en los textos de estudio aún cuando estas están sobre abultadas de contenidos, pero las presiones de los directivos y la presión social del SIMCE en si, obligan a los maestros a hacer magia, lisa y llanamente. Y somos muchos los profesores que jugamos a Mandraque el mago para darle curso a tanta información (incluso materias vistas hace más de tres años atrás) que nuestros estudiantes deben asimilar y poner en práctica, mientras desde las oficinas con aire acondicionado o calefacción (mis salas no la tienen), desde ministerios y agencias se teoriza, se sigue exigiendo y sobre exigiendo a un sistema educativo, que el SIMCE, no logra conocer verdaderamente, pese que uno de sus propósitos centrales sea precisamente éste. En vuestras oficinas pueden plantearse muchas ideas, la verdadera realidad está al interior de nuestras aulas.  Además si el SIMCE no es una caja negra, ¿por qué no se envían ensayos-ejemplos de la prueba, y medidas orientadoras a principio de cada año escolar, y no sólo semanas antes de la evaluación?. ¿Por qué tampoco se integra a los profesores en las directrices evaluativas del SIMCE, si este mismo se trata, supuestamente, de un acuerdo nacional?.  Esto último resulta más urgente todavía al considerar la hiperinflación (exceso de materia) que afecta a los contenidos escolares. Está bien que el SIMCE tenga claro lo que evalúa, pero también debiesen tenerlo claro, oficial y formalmente, los profesores, pues somos nosotros quienes tenemos que realizar una selección exhaustiva de tanta información para llevarla a nuestras planificaciones.     Por último si el SIMCE no persigue una definición de calidad en una sociedad diversa como la nuestra ¿por qué se basa en una concepción falsa, cínica y patética como la que plantea la Ley General de Educación, a saber, que son los padres los que definen el tipo de educación que recibirán sus hijos, cuando todos sabemos que más que los padres, el tipo de educación lo definen aspectos urbanos y sociales como la conectividad, la cercanía a la escuela, el costo económico de las mensualidades, etc. todo lo cual, más que una elección parece ser “lo que nos tocó”?.  Creo que no debemos caer en una defensa chovinista del SIMCE, si no reconocer que este debe ser reformulado estructuralmente en el corto y mediando plazo, redefiniendo las formas en que este debiera abordar diferenciadamente nuestras disímiles realidades educativas dado que la estandarización no es un dogma, menos en una ciencia social tan abierta y dinámica como la educación.  No se debe seguir creyendo en la validez irrefutable de la prueba, a sabiendas de las enormes falencias de nuestro currículo escolar y del sistema educativo en general, el mismo que sigue cerrando escuelas públicas que fueron elegidas por sus padres para formar a sus hijos, los cuales deben buscar nuevos horizontes en donde la elección parece ser más bien una utopía, pese a lo que dice nuestra Ley General de Educación.   
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