Lecciones olvidadas del nuevo proteccionismo: los aranceles de Trump
05.04.2025
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05.04.2025
Señor Director:
Estados Unidos y el mundo han sido golpeados por el aumento de impuestos a las importaciones (o aranceles en forma más sucinta) en forma arbitraria, con consecuencias potenciales enormes. La justificación de estas políticas es pobre y revela una asombrosa falta de comprensión sobre fundamentos económicos básicos.
La administración Trump, al parecer, considera que el déficit comercial de Estados Unidos con un país específico, supongamos Canadá, es evidencia de un trato injusto que perjudica al primero. En este ejemplo, es Canadá el país que deja de consumir y utilizar madera, petróleo y otros productos para venderlos a su vecino del sur. Exportar implica renunciar al beneficio de los bienes y servicios producidos, a cambio de recursos para financiar importaciones desde Estados Unidos y otros países. Por lo tanto, el país que importa más de lo que exporta (es decir, que tiene un déficit comercial) se beneficia de los bienes que su contraparte deja de usar, al contrario de lo que sostiene la Casa Blanca.
Ni siquiera países enormes y de producción muy diversificada como Estados Unidos pueden producir todo tipo de bienes en forma tan eficiente y les es conveniente comerciar con otras economías con ventajas relativas para producir algunos bienes como frutas fuera de temporada, cobre y automóviles. Elevar los aranceles hace artificialmente costoso comerciar y dificulta aprovechar las oportunidades de comprar bienes más baratos y/o mejores del resto del mundo, y vender aquellos productos que la economía local produce con más eficiencia. Obstaculizar esta especialización vuelve más ineficientes a las economías de Estados Unidos y del mundo, con consecuencias negativas para el crecimiento y el bienestar de los consumidores.
Así, el alza de aranceles generará mayores precios e inflación para productos de importación y exportación, lo cual puede extenderse a otros productos que no se transan internacionalmente por la vía de reajustes salariales y presiones de demanda. Los productores nacionales podrían beneficiarse gracias a mayores precios que podrían cobrar a los consumidores. La esperanza de la administración Trump parece ser que la mayor rentabilidad de estos sectores los haría expandirse, estimulando el empleo, a costa de la reducción de actividad y empleo de los exportadores. Una falla importante de este argumento es que muchos productores nacionales y exportadores utilizan insumos importados, por lo que también se verán perjudicados por alzas de sus costos de producción, con efectos negativos sobre el empleo. De hecho, una parte sustancial del comercio global hoy se explica por productos intermedios, es decir, insumos para producir bienes finales en el país importador.
Finalmente, la administración Trump haría bien en revisar la fallida política de sustitución de importaciones, en boga en América Latina durante varias décadas el siglo pasado. La premisa era similar a la que está planteando Donald Trump: subir aranceles para proteger a la industria nacional (que sustituye importaciones) y los empleos asociados. Esta política fracasó estrepitosamente, generando elevados costos y productos de baja calidad para los consumidores y alta ineficiencia en la producción. Si bien Estados Unidos es muy diferente a las economías de América Latina del siglo pasado, en la actualidad las cadenas productivas de muchas industrias utilizan insumos importados, lo que provoca que las economías modernas puedan ser mucho más dependientes al comercio internacional que hace 50 años. La lección ya la creíamos aprendida, pero el frágil pasado latinoamericano puede ser una buena lección para el presente.