Aranceles de EE.UU.: tensión en el libre comercio y alerta para el cobre chileno
03.04.2025
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03.04.2025
La autora de esta columna escrita para CIPER explica qué impacto puede tener en Chile el arancel de 10% anunciado para nuestro país Por Donald Trump y propone medidas que se debieran tomar para reducir el impacto que pueden tener acciones proteccionistas de otros socios. Sostiene que “la ratificación del CPTPP, con acceso preferencial a Japón, Canadá y Vietnam, junto a la modernización del acuerdo con la Unión Europea, ofrecen oportunidades. Pero se necesita más: una política comercial con visión geoeconómica, que combine inserción internacional con fortalecimiento productivo y sostenibilidad”.
Imagen de portada: Sócrates Orellana / Agencia Uno
El pasado 2 de abril de 2025, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció la aplicación de un arancel general del 10% a las importaciones de una serie de países. La medida, que entrará en vigor el 5 de abril, se enmarca en la estrategia denominada “Día de la Liberación”, es una ofensiva comercial orientada a reequilibrar las relaciones económicas internacionales bajo el principio de tarifas recíprocas. Incluso, a dicho arancel base se suman gravámenes adicionales y más severos, como un 34% a las importaciones desde China y un 20% a las provenientes de la Unión Europea. Y, pese a que Chile mantiene un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos desde 2004, el país no fue excluido de esta nueva política arancelaria, siendo parte del grupo de naciones afectadas por el mencionado 10%.
Si bien la medida busca —según Washington— equilibrar los términos del comercio bilateral y proteger industrias locales, sus efectos podrían ser particularmente sensibles para la economía chilena, El impacto inmediato se sentirá con mayor fuerza en sectores altamente dependientes del mercado estadounidense, como la agroindustria. En el caso del vino chileno, por ejemplo, el arancel del 10% podría reducir su competitividad frente a productos de países con acceso preferencial (como México o Canadá, bajo el T-MEC), justo en momentos donde los márgenes ya están ajustados por los costos logísticos y la inflación global.
Del mismo modo, el sector frutícola, cuya temporada de exportación está en plena ejecución, podría enfrentar mayores costos logísticos y de entrada a Estados Unidos, con afectaciones a productores, exportadoras y empleo rural.
Cabe señalar que las exportaciones mineras, como el cobre, no se han visto directamente afectadas por esta medida, dado su carácter estratégico y la interdependencia industrial que existe entre ambos países. Sin embargo, la incertidumbre sobre posibles futuras restricciones pone en jaque la planificación de largo plazo del sector. El cobre representa más del 50% de los ingresos por exportación del país, por lo que cualquier alteración en sus condiciones de acceso tiene efectos sistémicos. Aunque el cobre no es fácilmente sustituible por su uso en sectores críticos —desde energía limpia hasta defensa y tecnología—, la imposición de aranceles incrementa su precio final, pudiendo incentivar a fabricantes estadounidenses a diversificar proveedores o presionar por renegociaciones contractuales. Además, el encarecimiento afecta directamente los márgenes de empresas exportadoras, y añade incertidumbre que puede desacelerar decisiones de inversión en exploración y fundición.
Frente a este escenario, Chile enfrenta dos desafíos centrales. El primero es de diplomacia económica activa. El país debe aprovechar su prestigio como actor confiable en comercio internacional para abrir canales de negociación técnica y política con Washington, buscando reversar o al menos mitigar el alcance de los aranceles aplicados. El respeto a los mecanismos de solución de controversias del TLC debe ser una prioridad, no solo por este caso, sino para resguardar la integridad del sistema multilateral.
El segundo desafío es estratégico: Chile debe acelerar su proceso de diversificación de mercados y productos. Ya no basta con depender de dos o tres grandes socios comerciales. Hoy, más del 65% de las exportaciones chilenas se concentran en solo tres mercados: China, EE.UU. y la Unión Europea. Esta dependencia deja al país vulnerable a decisiones unilaterales externas. Es momento de revisar mercados como Asia, Europa, Medio Oriente y África y ver qué oportunidades ofrecen para posicionar productos chilenos con valor agregado, identidad territorial y altos estándares de sostenibilidad.
En dicho aspecto, la ratificación del CPTPP, con acceso preferencial a Japón, Canadá y Vietnam, junto a la modernización del acuerdo con la Unión Europea, ofrecen oportunidades. Pero se necesita más: una política comercial con visión geoeconómica, que combine inserción internacional con fortalecimiento productivo y sostenibilidad.
En un mundo donde las reglas del comercio se están reescribiendo, la respuesta no puede ser más proteccionismo, sino más y mejor integración inteligente. La resiliencia del comercio exterior chileno dependerá de su capacidad para adaptarse sin renunciar a los principios que han definido su éxito internacional: apertura, previsibilidad y diversificación.