Convivencia educativa: La otra cara de los resultados del SIMCE
02.04.2025
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02.04.2025
Los autores de esta columna escrita para CIPER analizan una arista poco visibilizada de los resultados del último SIMCE, poniendo la mira en el alto porcentaje de estudiantes que aseguran que han sido víctimas de burlas o molestias por parte de sus compañeros. Sostienen que “Es necesario comprender la convivencia educativa como el nicho ecológico en el que se desarrolla la formación escolar y las trayectorias educativas, y no solo como un complemento a otras dimensiones del aprendizaje”.
Hace algunas semanas se dieron a conocer los resultados del SIMCE. Obviamente, las noticias se hicieron eco de los principales datos en Matemática y Lectura, y sus correspondientes análisis de los contextos que los propiciaron, además de las estrategias que se deberían llevar a cabo para mejorar esos indicadores y su incidencia en la educación en la actualidad.
Sin embargo, los resultados también revelaron estadísticas alarmantes en otra dimensión que no ha tenido el mismo peso mediático. El 64 % de las y los estudiantes de 6to básico aseguran que han sido víctima de burlas o molestias por parte de otros (as) compañeros (as); mientras que el 60% de los de 4to básico siente que ha sido ignorado, aislado o excluido(a) por otros(as) compañeros(as).
El informe destaca que dentro de los factores principales asociados a los indicadores académicos están los estereotipos de género y la falta de ambientes protegidos. La evidencia científica internacional va en esta misma dirección: cuando hay dinámicas de violencia en una institución escolar, tanto los individuos como las comunidades reportan un sentimiento de inseguridad y desconfianza, lo que impacta negativamente en la salud mental, la cohesión social, y sus resultados académicos. Asimismo, los contextos escolares en los que se observan inequidades entre hombres y mujeres (en formas de participación, retroalimentación académica, expectativas, estereotipos, entre otros) muestran efectos negativos en el clima escolar y en indicadores de desarrollo académico y socioemocional.
Estas cifras demuestran la importancia de continuar poniendo el foco en la convivencia educativa como parte indispensable de la formación integral de las y los estudiantes. La construcción de ambientes escolares equitativos, inclusivos, seguros, cuidadores, participativos, parece ser una condición necesaria para alcanzar los objetivos integrales de la educación, los cuales incluyen los indicadores académicos, pero los trascienden en una perspectiva de desarrollo integral.
Se han dado pasos relevantes como la actualización de la Política Nacional de Convivencia Educativa y el Plan de Reactivación Educativa post-pandemia, el que ha tenido como uno de sus tres ejes la convivencia educativa. Sabemos que los efectos de la pandemia sobre las formas de relacionarnos y de resolver conflictos se siguen observando en nuestras comunidades escolares. Sin embargo, puede resultar superficial pensar que los resultados presentados por el SIMCE responden exclusivamente al “efecto pandemia”. Más bien, estos se ven potenciados por las formas con las que se está construyendo el entramado social desde hace décadas y que se ha visto exacerbado por la pandemia. Hablamos de la polarización sociopolítica, los sistemas de comunicación digital y la desinformación, la nueva configuración identitaria en redes sociales, los cuales van instalando la desconfianza como el punto de inicio de las relaciones sociales. La desconfianza se traslada a las aulas. La sensación de soledad, indiferencia y aislamiento se va configurando entre niñas, niños y adolescentes como una verdad, siendo así un escenario privilegiado para el surgimiento de relaciones abusivas, poco cuidadosas, excluyentes y anómicas.
Durante dos años, desde el proyecto ProCiviCo de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, adscrito al Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), hemos implementado en la Región Metropolitana el programa “A convivir se Aprende” del Ministerio de Educación, (el cual también se lleva a cabo en todo el país a cargo de distintas universidades). Este programa ha permitido relacionarnos con estamentos de centros educativos de diversas comunas para acompañarles en el desafío de promover el bienestar, favorecer una convivencia positiva, y prevenir la violencia escolar. El trabajo sigue un modelo ecológico de promoción de convivencia participativa prosocial, con un énfasis en la pertinencia territorial, la participación de los consejos escolares y el enfoque de equidad de género, articulándose en sinergia con el trabajo de las autoridades locales y representantes ministeriales.
La experiencia en este programa, junto con la evidencia acumulada tanto a nivel nacional como internacional, hace evidente que debemos poner el foco en estos resultados. Que más del 60% de las y los estudiantes experimenten sus escuelas como lugares de aislamiento y exclusión supone un enorme desafío para las comunidades educativas, para la política educativa pública y para la sociedad chilena en su conjunto. Es necesario comprender la convivencia educativa como el nicho ecológico en el que se desarrolla la formación escolar y las trayectorias educativas, y no solo como un complemento a otras dimensiones del aprendizaje. El desarrollo de una sociedad orientada al bien común depende de las maneras en que niñas, niños y adolescentes, junto a todas y todos los miembros de sus comunidades educativas, aprenden a convivir. O más bien, de las maneras con las cuales transmitimos intergeneracionalmente el sentido de convivir.