Adopción por parte de parejas homosexuales, un debate que comienza
13.07.2015
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13.07.2015
Las transformaciones en las normativas jurídicas que se relacionan directa e indirectamente con las familias y sus miembros se han venido sucediendo de manera progresiva desde el fin de la dictadura militar. La ley de filiación, los tribunales de familia o la ley de matrimonio civil que consagra el divorcio vincular, son ejemplos de este cambio. Las reformas legislativas obedecen, en parte, a la constatación de múltiples transformaciones sociodemográficas, ampliamente estudiadas pero, fundamentalmente, se hacen cargo de las vivencias subjetivas que reconocen una diversidad de prácticas familiares y denominaciones de parentesco presentes en nuestro país y el mundo. En definitiva, hemos observado como el debate en estas materias ha ido dando paso a un proceso de desnaturalización de las formas tradicionales de hacer familia y una inclusión de la heterogeneidad que asumen las relaciones que caen bajo la categoría, socialmente construida, de familia.
En este escenario, hemos asistido a la aprobación de la Ley de Unión Civil,queabre -aunque enrevesadamente- un espacio para la integración y vínculo legal de familias que no corresponden a lo señalado por el artículo 102 del Código Civil, que contempla que sólo pueden contraer matrimonio un hombre y una mujer. Así, a través de este recurso -que no quiere denominarse matrimonio- las personas gays, lesbianas, transexuales, transgénero e intersexuales, podrán ver, en alguna medida, legitimada a través del orden simbólico social que provee la ley, sus vivencias afectivas, las que ordenan su vida íntima y sus relaciones significativas, así como los aspectos patrimoniales relacionados con éstas.
Con todos estos antecedentes, no parece insensato que se quiera incluir en la discusión sobre la reforma al sistema de adopciones que actualmente nos rige, la posibilidad de que parejas homosexuales puedan acceder a la adopción. La idea de que la mejor familia para un niño o niña sin cuidadores es aquella que posee una estructura tradicional, no sólo no tiene sustento desde el punto de vista de la experiencia, sino que niega la realidad de muchas familias que hoy se constituyen, de manera no institucionalizada, con padres o madres del mismo sexo. Pone, además, bajo la lupa inquisitiva a un grupo considerable de chilenos y chilenas. Por último, hace oídos sordos de las vivencias -probablemente diversas y complejas- de los hijos o hijas de estas familias.
Asombrarse por el camino que lleva la discusión acerca de la adopción por parte de parejas homosexuales, desestima la complejidad del debate que ha estado a la base de la progresiva incorporación de los derechos de las personas a autodeterminarse sexualmente y muestra una ceguera frente al valor que ha adquirido culturalmente la diversidad. Los niños y niñas de nuestro país crecen hoy mirando a este Chileque salió de la insularidad, que de pronto se reconoce mestizo, complejo, heterogéneo, han crecido desconociendo los miedos de sus padres y viendo la fuerza creativa de sus jóvenes. El temor al debate sobre estos temas, en cambio, se aferra desesperado a creencias que permiten mantener la ilusión de un orden afectivo-patrimonial patriarcal y heteronormativo, que no necesariamente corresponde a las realidades complejas y diversas que se expresan en la vida cotidiana de los sujetos. El peligro aquí es que bajo ese temor, se alimenta una profunda sospecha que recae sobre las personas homosexuales, un juicio, una patologización -a veces abierta, a veces velada- de su orientación sexual y de sus capacidades para establecer relaciones afectivas satisfactorias, para generar espacios de desarrollo emocional, para vivir con otros.
El debate que viene nos enriquece, en el sentido en que nos abre espacio para la consideración y el reconocimiento de personas que hasta ahora han sido discriminadas de múltiples y hasta crueles maneras. Nos permite enfrentar los fantasmas que hay detrás de los prejuicios y contrastarlos con la realidad. No se trata aquí sólo de la adopción de niños y niñas, se trata de la consideración del otro y su legitimación, de suspender la desconfianza, de dignidad.
Sabemos que la sola legislación no produce las transformaciones profundas que supone la verdadera integración social. Sin embargo, hoy estamos frente a condiciones históricas que nos permiten descubrir el tupido velo que ha recaído sobre las modalidades afectivas que no se han enmarcado en las narrativas dominantes. Hoy las personas se han vuelto sujetos sociales activos en la búsqueda de un espacio de reconocimiento y confirmación. Esto no sólo en cuanto a sus derechos, los que son ampliamente debatidos en la actualidad, sino también frente a sus subjetividades y la emergencia de la pluralidad de relaciones y afectos en el marco de lo social. Este proceso de cambios, se ha desatado, viene desatándose y como todo derecho conquistado no tiene, no debe tener, vuelta atrás.