bergoglio

Las declaraciones del Papa Francisco sobre el caso del obispo Juan Barros durante su reciente visita a nuestro país dejó patente una contradicción que dificulta el proceso de reparación de las víctimas de Fernando Karadima. Así lo estima Adriana Guila Sosman, sicóloga y académica de la UDP, quien en esta columna de opinón señala: “El Papa pide perdón, pero esta palabra está vacía, no tiene significado, esta palabra se desdibuja y solo provoca más daño en las víctimas que necesitan del reconocimiento de lo que les ocurrió para empezar a reparar”.

Por: Adriana Guila Sosman

El sumo pontífice estuvo tres días y medio en nuestro país y si bien congregó a menos personas de las esperadas, su visita nos movilizó a reflexionar, discutir y hablar de muchos temas, a veces olvidados en relación con la ética, la fe, las vulneraciones y el encubrimiento.

Un acto polémico en esta visita fue cuando el Papa Francisco, en su primera actividad oficial en Chile, pide perdón por los abusos cometidos, “por el daño irreparable causado a niños y niñas por ministros de la Iglesia”.

Posteriormente, el Papa Jorge Bergoglio, el último día de su visita a Chile defiende al obispo de Osorno Juan Barros, al decir que todas las acusaciones en su contra eran falsas y solo “calumnias”. El obispo Barros fue por más de 30 años parte del séquito de Karadima y, de acuerdo con distintos reportajes de CIPER (2011-2012), fue testigo y cómplice de conductas abusivas según testimonios de las víctimas José Andrés Murillo, Juan Carlos Cruz y James Hamilton, lo cual fue declarado además en la causa y en el fallo de la ministra Jessica González.

Juan Barros

Juan Barros

Ahora bien, el Papa Francisco desecha todas estas acusaciones en contra del obispo Barros, hecho que ha generado gran malestar entre sus víctimas, lo cual sucede además después de haber pedido perdón. Este acto solo puede interpretarse como que el líder del Vaticano está reproduciendo el encubrimiento y el secretismo que existe al interior de una de las instituciones más poderosas y totalitarias del mundo. El Papa al pedir perdón solo reproduce la falta de coherencia entre el discurso y el actuar, que entrampa a los fieles y destruye a sus víctimas. Presenta dos discursos paralelos y al mismo tiempo contradictorios. Por un lado, pareciera que reconoce un delito grave que ocurre de parte de integrantes de la Iglesia y, al mismo tiempo, niega que esto haya ocurrido.

Son mensajes y acciones discordantes y confusas, que se podrían homologar a lo que ocurre al interior de alguna parroquia cuando un sacerdote agresor sexual abusa en nombre de Dios, quien lo ha investido del poder que detenta. En esta realidad, el que sanciona el pecado oculta al pecador y el que debe cuidar es cómplice del que vulnera.

El Papa pide perdón, pero esta palabra está vacía, no tiene significado, esta palabra se desdibuja y solo provoca más daño en las víctimas que necesitan del reconocimiento de lo que les ocurrió para empezar a reparar, a superar en parte, la experiencia traumática que padecieron. El que pida perdón en este caso es terrible, es manifestar públicamente que él sabe lo que ocurre, pero no quiere saber; él sabe, pero no hará nada al respecto; él sabe, pero prefiere el silencio y el secreto. 

Adriana Guila Sosman

Adriana Guila Sosman

Las víctimas precisan acciones que detengan esto, acciones que impliquen consecuencias para los culpables. No obstante, esto no ocurre. Los agresores quedan impunes y las víctimas comprueban una vez más la injusticia, sienten otra vez impotencia y desconfianza. Reviven, reeditan y recuerdan vivencias dolorosas de desconocimiento y negación de la transgresión sufrida que afectó para siempre el rumbo de sus vidas.

Cuando el pontífice dice que requiere pruebas de que el obispo Barros fue partícipe del encubrimiento en el caso de Karadima, está exigiendo a los otros, principalmente a las víctimas, que comprueben la victimización sufrida, exteriorizando su culpa y responsabilidad. Los que denuncian deben probar el delito cometido y no él, como jerarquía máxima de la Iglesia Católica. Él se desembaraza de su responsabilidad de investigar estas denuncias, niega y culpa a las víctimas.

Finalmente, la moraleja de esta visita del Papa es que “el mundo es al revés”, vivimos sumergidos en el cuento de “Alicia en el país de las maravillas”. Entonces, las víctimas tienen la responsabilidad de buscar las evidencias de las gravísimas vulneraciones sufridas y los victimarios están libres, sin condena de parte de la justicia chilena y con la única sanción de vivir una vida de “penitencia y oración”. ¡Bienvenidos al mundo al revés!