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“Nada despedaza tanto un corazón como la falta de respeto”. Son palabras de Alberto Hurtado, el santo católico que tantas veces invocó el Papa Francisco durante su visita en Chile. Ya volando sobre Perú, Jorge Bergoglio despedazó de nuevo el corazón de al menos tres de las víctimas de Karadima. En una conferencia de prensa […]

“Nada despedaza tanto un corazón como la falta de respeto”. Son palabras de Alberto Hurtado, el santo católico que tantas veces invocó el Papa Francisco durante su visita en Chile. Ya volando sobre Perú, Jorge Bergoglio despedazó de nuevo el corazón de al menos tres de las víctimas de Karadima.

En una conferencia de prensa aérea, el Papa Francisco dijo que les pedía perdón por haber dicho que no había “pruebas” contra el obispo de Osorno, Juan Barros. Aseguró que se equivocó de palabra, que quiso usar “evidencia”. Una aseveración a lo menos absurda, porque judicial y coloquialmente ambos vocablos son empleados como sinónimos.

Pero concedamos que el Papa quiso decir que no hay “certeza” y que fue en ese sentido que habló de “evidencia”. Si se refiere a una causa contra Juan Barros en la justicia civil o penal chilena, claro que no existe. Pero para los que nos hemos estremecido con los testimonios y descalificaciones desde que en 2010 estalló el escándalo por las denuncias de las víctimas de Karadima, ese es un formalismo que indigna, aún más oírlo en el momento en que Bergoglio estaba pidiendo perdón; la misma ocasión en que nos informa, además, que dos veces le rechazó la renuncia a Barros.

Porque obvia las apariciones públicas de Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo, quienes incesantemente han acusado de encubrimiento al obispo Barros. Convenientemente olvida las cartas desesperadas que más de una vez ellos escribieron pidiendo ayuda y denunciando al ahora obispo de Osorno y a otros. Y, en esa particular conferencia de prensa de regreso a Roma, el Papa pretende borrar de un plumazo los testimonios en procesos judiciales y eclesiásticos, contra Karadima es cierto, pero donde Barros y otros obispos, sacerdotes y laicos sí son mencionados por varios testigos como encubridores, además de las declaraciones de las víctimas del ex párroco de El Bosque.

“Juan Barros se prestó para revelar mi secreto de confesión, además de destruir información privada de la Iglesia para ocultar los abusos”. Así escribía Juan Carlos Cruz en 2012 al representante del Vaticano en Chile, el nuncio Ivo Scapolo, al acusar al obispo Barros…Pero el Papa dice ahora que no hay evidencia.

“Más difícil y fuerte era cuando estábamos en la habitación de Karadima y Juan Barros, si no se estaba besando con Karadima, veía cuando algunos de nosotros los menores, éramos tocados por Karadima y nos hacía darle besos. Juan Barros ha encubierto todo lo que le cuento, señor Nuncio”, volvió a denunciar Cruz ante Scapolo en 2015. Pero para Bergoglio no existen los testimonios.

A bordo del avión que lo devolvió al Vaticano, en la única oportunidad que tuvieron los periodistas para confrontarlo, Jorge Bergoglio aseguró que entendía que su frase -“el día que me traigan una prueba contra el obispo Barros, ahí voy a hablar. No hay una sola prueba en contra, todo es calumnia”- había sido una cachetada para los abusados por el párroco de El Bosque.

Pero a continuación, les dio otra bofetada a ellos y a muchos fieles que se identifican con su dolor de años. El Papa pide perdón, pero insiste en que no hay evidencia. Dice que el testimonio de las víctimas es evidencia, pero que no existen testimonios (vea aquí el video de la conferencia de prensa del Papa a partir del minuto 11:05).

Cómo podría no haberlos si tanto Juan Carlos Cruz, como James Hamilton y José Andrés Murillo atestiguaron en un proceso eclesiástico y en otro penal. En ambos procesos sus relatos fueron considerados consistentes y creíbles. La prueba irrefutable de su honestidad es que esos dos procesos terminaron uno con la condena del Vaticano para Fernando Karadima (que lo confinó al aislamiento) y el otro con la inevitable prescripción, una vez que la jueza Jessica González constató el abuso sexual y sicológico.

Ya ni siquiera se trata de si Juan Barros es inocente o culpable, sino de la insólita negación de la existencia de una prueba, evidencia o como se la quiera llamar, que sí existe. Esa misma prueba, cuya entrega en tribunales civiles o de la Iglesia Católica, en diarios, radios o canales de televisión, implicaron para cada una de las víctimas un acto de coraje, al decidir romper el círculo de silencio, pero también revivir los abusos. Una revictimización que salvó a muchos otros de seguir siendo abusados por el párroco de El Bosque y por su extenso e influyente círculo de protección.

Si Jorge Bergoglio no tiene la información de primera fuente es solo por indolencia. Indolencia que mantuvo en su visita a Chile cuando pudo conocer y escuchar en directo a estas víctimas. Pero claro, una vez más, a quienes se han atrevido a denunciar abusos en público, a quienes han causado revuelo, no se les invita a reunirse con el Pontífice.

¿Qué señal es ésa para aquellos que, con un testimonio valiente, que implicó develar su intimidad frente a todo un país, recibían al mismo tiempo ataques y veían cómo muchos obispos, sacerdotes y fieles los desacreditaban y hacían una defensa corporativa y cerrada de Karadima?

El obispo de Roma ha sido mucho más diligente para defender a Juan Barros que a las víctimas de Karadima. Para pedir perdón por los abusos cometidos por otros miembros de la Iglesia Católica que para excusarse por sus propios actos.

No fue la palabra “prueba” la que le jugó una mala pasada. No. El problema es que el Papa “olvida” una y otra vez. Olvidó disculparse en Chile por haber insultado en 2015 a los fieles de Osorno que rechazan a Barros al calificarlos de “tontos”. Y lo más doloroso: olvidó pedir perdón por decir que quienes acusan a Juan Barros lo están calumniando. Porque, ya que estamos en precisiones de lenguaje, la calumnia es un delito contemplado en el artículo 412 de nuestro Código Penal. De eso acusó a Cruz, Hamilton y Murillo.

Y eso fue un nuevo insulto y no un acto de contrición. Sin ofrecerlo, pedirlo ni quererlo, las víctimas de Karadima tuvieron que poner la otra mejilla y aceptar de parte de Papa una nueva bofetada.