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El sacerdote Sergio Pérez de Arce, ex provincial de la congregación de los Sagrados Corazones, reflexiona aquí sobre el embrujo que ejerció Karadima no solo entre los jóvenes fieles de El Bosque, sino entre las autoridades de la iglesia. La explicación que da para ese fenómeno es dura: “La cercanía al poder, la sobrevaloración de los ricos en la Iglesia, el clericalismo, la obsesión por las vocaciones sacerdotales y el cultivo de una religiosidad individualista no integral, nos ha hecho mucho daño en la Iglesia. Son realidades que han ejercido una fascinación desmedida sobre nosotros”.

A estas alturas, es evidente que en torno a la Parroquia de El Bosque hubo quienes, nos guste o no, se fascinaban con Karadima. Y, claro, él se aprovechó de personas especialmente frágiles afectiva y psicológicamente para sus intereses narcisistas. Se podría analizar por qué esa gente se fascinó con esa personalidad, con esa propuesta de religiosidad, con esa manera de vivir el catolicismo, etc. Habría mucha materia que analizar.
Pero aquí nos preguntamos por qué se fascinó parte de la Iglesia, la autoridad eclesiástica, algunos sectores católicos, que no fuimos capaces o no quisimos darnos cuenta de lo que sucedía, omitiendo una acción correctora, preventiva o de denuncia

Hace poco, en una charla sobre liderazgos patologizantes y lealtades peligrosas, la psicóloga María Paz Ábalos se preguntaba precisamente esto: ¿Qué nos fascinó de Karadima que la Iglesia y muchas personas en torno a él omitieron una acción que evitara los abusos de poder y abuso sexual? Y explicaba que cuando alguien nos seduce y yo me fascino, aquello que me fascina dice algo importante de mí.

Lamentablemente, hay realidades que siempre han ejercido fascinación en la Iglesia, al menos en parte de ella, aún cuando tienen evidentes contradicciones con valores evangélicos:

La cercanía al poder y al dinero. Karadima llegaba a grupos con poder económico y conseguía favores, predicándoles por supuesto un “evangelio” que no les complicara la vida a gente tan bondadosa. No importa si esa gente no recibía la integralidad del mensaje evangélico, no importa si recibía “un evangelio a la carta”. Lo importante es que esa gente estaba cerca de la Iglesia y en el radio de su influencia, aprovechando de cuando en cuando su generosidad.

Las vocaciones. Karadima suscitaba vocaciones sacerdotales y eso siempre ha despertado una exorbitada fascinación en el clero. No importa si el padre tenía casi exclusiva relación con jóvenes varones, se rodeaba de algunos privilegiados y tenía un sistema de acólitos sólo con varones… Lo importante es que llegaban vocaciones. No importa si los seminaristas, después, mantenían una especie de grupo aparte en el seminario, con una relación inusual e indebida con su mentor… Lo importante era no matar la gallina de los huevos de oro, sobre todo si eran vocaciones del barrio alto.

Convocatoria religiosa de medios sociales altos. Karadima hizo de la Parroquia de El Bosque un lugar de alta convocatoria. En torno a la Eucaristía llegaban numerosos jóvenes y familias acomodadas. Les ofrecía misas breves, un discurso en pro de la santidad personal y sin molestar con temas como la justicia, la desigualdad social y la opción por los pobres. A lo más habrá invitado a la caridad con los necesitados en clave asistencial. No importa si en esa parroquia no se seguían las orientaciones pastorales de la Iglesia, las prácticas catequéticas comunes en Santiago o no se leían las cartas de los obispos en tiempos difíciles. ¡Ya el padre hacía tanto bien convocando a tanta gente importante!

Religiosidad segura y personal. Karadima transmitía doctrina segura, unas pocas verdades simples y prácticas religiosas tradicionales, como el rosario, la adoración eucarística, la eucaristía diaria, el amor a la Virgen. No importa que esa religiosidad cojeara de otras dimensiones esenciales de la vida cristiana, no importa que fuera una fe con escaso diálogo con la cultura actual, no importa que buena parte de la vida de la Iglesia chilena y latinoamericana no tuviera allí cabida. Lo importante era tener cristianos piadosos, con un sistema religioso seguro, que rezan y van a misa hasta diariamente.

Centralidad del sacerdote. Karadima centró la parroquia y su pastoral en torno a él. Él tomaba las decisiones casi en todo, él decidía sobre el dinero y los bienes, él daba la formación y dirigía espiritualmente… No aceptaba que alguien le pudiera hacer sombra. Le gustaba que se le admirase y se le reconociera como sacerdote santo. No importa que no cumpliera con las orientaciones diocesanas de una pastoral más integral y participativa. No importa que ya llevara excesivos años a cargo de la parroquia, mucho más que los que las normas de la Iglesia aconsejan para un párroco. Lo importante era que era un sacerdote admirado, con prestigio.

Por supuesto que en todo lo dicho no pretendo restarle valor a elementos esenciales de la vida cristiana como la oración, la eucaristía, la convocación pastoral, el llamado vocacional, etc. Pero muy a menudo perdemos una auténtica jerarquía de valores y estrechamos la vida de fe. La cercanía al poder, la sobrevaloración de los ricos en la Iglesia, el clericalismo, la obsesión por las vocaciones sacerdotales y el cultivo de una religiosidad individualista no integral, nos ha hecho mucho daño en la Iglesia. Son realidades que han ejercido una fascinación desmedida sobre nosotros y han acallado la única fascinación que de verdad importa: Jesús y su Reino.

Lo peor es cuando movimientos eclesiales con expresiones de tan dudoso valor evangélico no sólo han sido tolerados, sino promovidos y favorecidos, a veces por los más altos niveles de la Iglesia, como sucedió con Maciel. Esperemos que esto de verdad vaya cambiando y entre todos cuidemos más la eclesialidad y la humanización de nuestras estructuras, de nuestra convivencia y nuestros procesos formativos.

Publicado originalmente en la página de la Confederación de Religiosas y Religiosos de Chile, Conferre, en enero de 2012.