“Como todas las historias, la que relata este libro tiene también un personaje heroico. No es Hamilton, ni Murillo, ni Cruz, ni Batlle. Es Verónica Miranda”, afirma Carlos Peña rector de la Universidad Diego Portales en este prólogo de “Los secretos del Imperio de Karadima”, libro que acaban de publicar tres periodistas de CIPER.
“Los Secretos del Imperio de Karadima” es fruto de la alianza de Fundación CIPER con la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales y Editorial Catalonia.
El caso Karadima llenó hasta ahora páginas de los diarios; pero en ninguna de ellas se le examinó con el rigor suficiente. La prensa se detuvo en los aspectos más bien formales del problema –los avatares del proceso judicial, los detalles revelados por los denunciantes y cosas así– pero dejó pendiente analizar lo que este caso enseña acerca de la sociedad chilena y la misma condición humana.
Este libro viene a saldar esa deuda.
Karadima tuvo una figura paterna débil, casi ausente, y una materna fuerte, pero manipuladora y distante. Fue además, según se lee en estas páginas, un alumno mediocre que cursó apenas hasta octavo básico. Si bien para el año 1946, que fue el último que pasó en el sistema escolar, ocho años de escolaridad estaban por sobre el promedio (en la década del cuarenta apenas un 18% de quienes estaban en edad de hacerlo se matriculaba en lo que hoy llamamos educación media) se trata de una formación muy elemental para el tipo de influencia que, siendo cura, logró adquirir. Nada menos, como sugiere este libro, que «dominar al sector más conservador de la sociedad chilena y quedar a cargo de formar espiritualmente a sus hijos». Al parecer lo hizo gracias a las redes familiares maternas, que aunque tenues fueron influyentes; a punta de fabulaciones; y echando mano a la rara destreza que tenía para detectar debilidades.
“Según se lee en estas páginas, Karadima fue un alumno mediocre que cursó apenas hasta octavo básico. (…) Se trata de una formación muy elemental para el tipo de influencia que, siendo cura, logró adquirir.”
Como muchas familias de estratos medios, la de Karadima mezclaba un cierto linaje (venido a menos, pero mantenido a flote en el recuerdo y las historias que divulgaba su madre) con la pobreza genealógica del padre (un hijo de inmigrantes de poca fortuna). El niño Fernando –sí, el hoy día cura Karadima alguna vez debió ser un niño indefenso– creció así en una contradicción: tironeado por la memoria de un inmigrante y de una familia en descenso; entre los sueños frustrados y el esplendor perdido.
Entre sus parientes maternos estaba Alberto Fariña. Llegó a ser obispo auxiliar del cardenal José María Caro y fue, entonces, el verdadero poder detrás del trono de la Iglesia de Santiago. Alberto Fariña, quien debe haber alimentado el ideal del yo del futuro párroco, era un cura de sotana, preconciliar, que manejaba con destreza, según se testimonia en este libro, los pasillos del poder. En la sociedad de esos años, y de ahora, un pariente encumbrado era una línea firme para vincularse con la elite, obtener ventajas y adquirir, siquiera a la distancia, algo del habitus que era imprescindible para relacionarse con ella. Es probable que todo eso haya ocurrido con Fernando Karadima quien contaba con dieciséis años –terminaba entonces su breve escolaridad– cuando su tío abuelo Alberto ascendía a obispo.
Entre sus fabulaciones (las religiosas y las referidas a sí mismo) la más recurrida de todas fue la relación que, según le gustaba confidenciar, había mantenido con el padre Alberto Hurtado. Divulgada una y otra vez –incluso por la prensa la que, con una credulidad indigna de si misma, la recogió sin mayor examen– esa historia le permitía a Karadima vincularse con un momento de santidad e insinuarse heredero de la misma. Es probable, además, que la elite tuviera motivos inconscientes para creer las patrañas de Karadima. Alberto Hurtado nunca fue un santo de su devoción. Cuando vivió, fue llamado el cura rojo. Las historias de Karadima le permitían a la elite, al menos en su memoria, reconciliarse con la figura del sacerdote jesuita. Finalmente el que habían creído era un cura rojo tenía de heredero a Karadima, un místico aparente que no los fustigaba con la injusticia social, sino que los acunaba con la promesa de eternidad y practicaba ritos, incienso, oscuridad, cantos levemente gregorianos, cosas que los hacían sentir que la salvación era posible y que parecía estar, a veces, al alcance de la mano.
La investigación que este libro recoge, muestra, en efecto, que Karadima cultivó un tipo de religiosidad intimista y ritual, que infantilizaba a sus fieles, centrada en la amenaza del infierno, la sumisión intelectual, la distribución de roles centrada en el género y que echaba mano con frecuencia a la gesticulación sobrenatural. Los testimonios sugieren que Karadima centraba la fe en la existencia de seres increíbles a los que se accedía mediante una conducta básicamente ritual y centrada en la obediencia a él. Esos seres repartían además los roles asignando a la mujer un papel apartado, obediente y sumiso. Una de las protagonistas de esta historia (en su caso un drama) es una mujer inteligente y atractiva, que llega sin dificultad a ser médico, pero que así y todo se esmera durante años en cumplir el papel de una «esclavita», como le gustaba decir a Karadima, alguien cuyo lugar en el mundo consiste en no hacer preguntas, inhibir su sexualidad, hacerse invisible, esperar a las puertas de la iglesia, confiar contra toda evidencia, y obedecer.
¿Cómo algo así, ejecutado por un cura iletrado y perfectamente vulgar, un Rasputín mapochino, pudo convencer a tanta gente, buena parte de ella perteneciente, además, a la elite santiaguina? ¿Cómo pudo ocurrir que quienes parecen linces a la hora de los negocios cayeran rendidos a los pies de alguien como Karadima al que colmaron de regalos, vacaciones y, hasta la última hora, de protección?
Fuera de las explicaciones psicológicas (como es obvio, una dominación de esa índole no puede establecerse sin la predisposición de las víctimas) saltan a la vista algunas de índole sociológica o política.
“El papel de la jerarquía en este caso deja mucho que desear. Los testimonios que este libro recoge muestran que el cardenal Francisco Javier Errázuriz actuó con velocidad de paquidermo a la hora de dar curso a las denuncias de las víctimas”.
En los años en que Karadima iniciaba su dominio en la Parroquia El Bosque, la Iglesia Católica, todavía influida por Medellín y Puebla, acentuaba la dimensión social de la fe. Reflexionar sobre la praxis eclesial a la luz de la fe –una de las divisas del progresismo cristiano de los ‘70– estaba plenamente vigente y alimentaba la pregunta que, por esos años de dictadura y de desaparecidos, la Iglesia formulaba con porfía una y otra vez, domingo tras domingo, mientras la feligresía del barrio alto, incómoda y molesta, chirriaba los dientes y abandonaba la misa en la que se la profería: Caín ¿dónde está tu hermano? Era una pregunta incómoda para la alta burguesía santiaguina que apoyaba a la dictadura y le agradecía haber puesto fin a la Unidad Popular, esa experiencia política que amenazó muy de cerca su forma de vida.
Karadima, y la Parroquia El Bosque, les permitía, en cambio, reconciliarse con la Iglesia, que tan atada estaba a su propia identidad, sin transgredir su compromiso político y de clase. Era una religiosidad exenta de las locuras de la cruz y, a la vez, del compromiso político. Una forma de fe que equivalía a un paréntesis en medio de este valle de lágrimas, un bálsamo en medio de la inevitable imperfección mundana. Karadima –también, a su modo, los Legionarios y el Opus Dei– les permitían conciliar la prosperidad que alcanzaban en el mercado con la trascendencia que ofrecía la fe. Así, asistían a las misas de El Bosque –muy lejos de las denuncias proféticas de Raúl Silva Henríquez– cercanos asesores de Pinochet, prósperos empresarios, ex terroristas de derecha, vecinos inconscientes y crédulos, y, para su propia desgracia, un puñado de adolescentes frágiles de experiencia y carentes de autoconfianza.
Es difícil, por supuesto, que alguien como Karadima –un embaucador por donde se lo mire– hubiera florecido en tiempos más transparentes y más alertas. Pero en los ‘80 todo, o casi todo, se confabulaba para que alguien como él pudiese prosperar: eran tiempos en los que una fe volcada a la praxis –lo contrario de la que cultivaba Karadima– obligaba casi al heroísmo y en donde el escrutinio de la vida pública brillaba por su ausencia.
Pero, como otros casos en la historia reciente de la Iglesia, Karadima no era sólo un cura intimista y ritual, alérgico a las exigencias de la praxis y a la voz profética. Como Marcial Maciel –con quien, sin duda, pasará, por malos motivos, a la historia– Fernando Karadima, este cura de escolaridad incompleta, narcisista y que infantilizaba la experiencia religiosa hasta límites casi increíbles, era, además, un perverso. Sirviéndose del poder simbólico y factual de que disponía, era capaz de detectar las fracturas, carencias y vacíos en la personalidad de sus víctimas y aprovecharse de ellas, comprometiéndolas así en la experiencia de un goce prohibido y transgresor. El resultado, que las propias víctimas relatan en este libro, es que cada una se sintió en algún momento cómplice del cura que las explotaba y culpable de haber desatado en él el deseo.
Contribuía a la acción de Karadima, por supuesto, el papel de padre que la Iglesia institucionalmente le asignaba. Todas sus víctimas tienen en común un padre ausente, un vacío que la figura de Karadima colma sirviéndose de la ambivalencia de su denominación religiosa (al cura aún se le dice «padre») y la transferencia que respecto de él hacen los feligreses. La experiencia de las víctimas de Karadima (con prescindencia de su orientación sexual) es casi siempre la misma: la ambivalencia de saberse abusados, la culpa de sentirse partícipes del abuso, la certeza de que fue el padre simbólico quien lo cometió.
En ese sentido la actuación de Karadima es inescindible del lugar institucional que él posee al interior de la Iglesia Católica. El papel sustituto de «padre», sumado a la confesión, le confieren un poder casi ilimitado sobre quienes interactúan con él. El secreto de la confesión que aparentemente asegura la intimidad del creyente, es también, como La Carta Robada de Poe, una forma de sumisión: la certeza de que el cura sabe algo que es mejor nadie sepa.
“Pero este libro, junto con relatar los pormenores de este párroco, mostrándolo como un pícaro, un mentiroso y un felón, es también el relato de un puñado de hombres y mujeres que fueron capaces de salvarse del abuso y elaborar su experiencia”.
Esa vinculación entre los abusos de Karadima que relatan sus víctimas y el lugar en el que se desempeñaba (una institución total que domestica el cuerpo y el alma de quienes se incorporan a ella) es la que justifica los reproches que, a la luz de la evidencia, merece la autoridad eclesiástica.
El papel de la jerarquía en este caso deja mucho que desear. Los testimonios que este libro recoge muestran que el cardenal Francisco Javier Errázuriz (quien, según deslizó Karadima ante la justicia, le confió haber acallado con dinero la publicación de un libro que lo acusaba de pedofilia) actuó con velocidad de paquidermo a la hora de dar curso a las denuncias de las víctimas. Sugiere, además, que el conjunto de la Iglesia ha hecho la vista gorda frente a conductas que, para cualquier observador incluso displicente, son actos de ocultamiento: el pago dispendioso a quienes trabajaron en la Parroquia El Bosque, el empleo de fondos de la Iglesia en el bienestar personal de la familia del cura, la actitud acrítica de cinco obispos formados por Karadima que incluso en la hora nona, y luego de los pronunciamientos vaticanos, todavía parecen dispuestos a respaldarlo.
Pero este libro, junto con relatar los pormenores de este párroco, mostrándolo como un pícaro, un mentiroso y un felón, es también el relato de un puñado de hombres y mujeres que fueron capaces de salvarse del abuso y elaborar su experiencia. Porque la denuncia que llevaron adelante Verónica Miranda –la esposa de James Hamilton–, el propio Hamilton, Juan Carlos Cruz, José Andrés Murillo y Fernando Batlle, entre otros, no sólo fue un acto de justicia consigo mismos, fue también el comienzo de una cura. Al poner en palabras la experiencia traumática, objetivarla en un relato y así tomar distancia de ella, ese puñado de personas logró incorporarla a su memoria desproveyéndola, hasta donde eso es posible, de los aspectos destructivos que, mientras la tuvieron en silencio, los acompañaba y que amenazó con destruirlos.
Y como todas las historias, la que relata este libro tiene también un personaje heroico. No es Hamilton, ni Murillo, ni Cruz, ni Batlle.
Es Verónica Miranda, una mujer que durante años padeció la dominación y la estafa del cura hasta que un día, movida por el amor a su familia pero también por su propia dignidad, fue capaz de despertar y recordar cómo era la vida antes de incorporarse a la Parroquia El Bosque.
Ese fue el comienzo del fin para Karadima.

No insulten a Rasputin!!!
Una pregunta: como es posible que durante tantos años tanta gente tenia y tiene tanto miedo ? Hasta el Sr. Ezati no se atreve hacer lo necesario.
Que secretos guardara Karadima que hace ir al Obispo Ezati a verlo para Navidad con Prensa y el obispo NO visito a las victimas. Hay un paralelo entre Karadima y el Mamo Contreras ya que cada uno en su ambito fueron poderosos por todos los secretos que le saben a las otras personas.
Como ex seminarista me quedo con mi rosario diario y la Iglesia y sus degenerados fuera de mi vida
Primero: rescatar la fuerza racional que supera a la obediencia irracional de Verónica Miranda y su entrorno familiar. Segundo: cómo es posible que personas inteligentes y preparadas puedan aceptar estas situciones ajenas a la normalidad. Tercero: qué podemos hacer para que este tipo de situaciones no se sigan repitiendo en los colegios, conventos y parroquias a los que frecuentan miles de ciudadanos de nuestro país. Podrán hacer algo nuestra autoridades o el período que ellos mismos estuvieron en esos lugares, los hace ya contaminados???
Lamentablemente esta situación no solo sucede al interior de la iglesia católica, también afecta a la iglesia evangélica y otras sectas... el problema es que mientras la gente vea con malos ojos el criticar, el cuestionar la autoridad, cómo se ejerce el poder, casos como este se seguirán repitiendo... De niña conocí a varios pseudo pastores a quienes les encantaba sentirse poderosos, que las personas les pidieran permiso -no consejo- si no que autorización para cada paso que pretendían dar en la vida. Muchos de estos tipos se sienten hoy impactados por los abusos sexuales que realizó Karadima pero no se cuestionan a sí mismos sobre el abuso espiritual de confianza la manipulación que ejercen ellos mismos sobre su membresía. Ojalá que la publicación de este caso, sirva para que las personas que sufren este tipo de abuso puedan despertar.
Una pequeña observación, sólo por rigor: la enseñanza básica que cursó karadima alcanzaba hasta el sexto año, eran las llamadas preparatorias. El octavo básico aparecen recién con la reforma educacional de Frei Montalva, veinte años después del que señala el autor. Desconozco si en los seminarios se continuaba con las "humanidades", las que si se cursaban en los llamados seminario menor. Lo comun era cursar sólo las preparatorias. Seis años de estudios regulares, esa sería la formación previa al paso por el seminario.
Buen prólogo para un libro imprescindible que hoy espero empezar a conocer en su totalidad, seguro de la calidad que siempre nos muestra CIPER. Peña también destaca la participación de quienes como laicos y sacerdotes, y por acción u omisión, fueron cómplices de Karadima durante muchos años. Y de inmediato nos saltan fácil los nombres de Errázuriz, del actual arzobispo de Concepción que no apoyó a denunciante, de los cinco obispos del Bosque, uno de ellos nada menos que actual Obispo Auxiliar de Monseñor Ezzati, de otros obispos eméritos y en ejercicio de la Región Metropolitana y de regiones. Y vemos que todos siguen apoltronados con toda tranquilidad y aparente felicidad. Y predicando y escribiendo sobre el mensaje de Jesús!Qué públicas incongruencias tan dañinas para credibilidad de nuestra Iglesia Católica. Es como si el germen de la destrucción estuviera dentro de ella misma mientras se seguía nombrando discutibles obispos, tan similares a Karadima. Éste ya antes en el Bosque (desde los 70 y 80) hablaba muy mal del Cardenal Silva no sólo en forma privada sino que en sus misas, marcando así la diferencia para adormecer aún más a quienes le y les convenía, y afirmar así su poder temporal innegable. Es uno de los que fue marcando el estilo que en los 90 se fue generalizando. No más curas preocupados y ocupados también de cambiar al mundo que muchas veces ofende y esclaviza al hombre y a la mujer para, con su quehacer de pastores, con su compromiso al estilo de Jesús, transformarlo en el Reino, Y a quienes así lo hicieron o seguían haciéndolo, pues marginémoslos y empecemos a repartir cargos entre quienes son lo opuesto, sólo dedicados a insistir en la espiritualidad, en el ritual, en lo sólo personal, actualizando incluso devociones para enfatizar el individualismo, todo tan distinto al mensaje de Jesús. Los nexos eran amplios para actuar así, desatendiendo el mensaje y exigencia de Cristo. En el Vaticano se aceptó rápidamente la renuncia del Cardenal Silva al cumplir sus 75 años de entrega inmensa y profética. Lamentable signo y desaire, acelerado por quienes allá y aquí (sacerdotes y políticos) lo querían fuera pues molestaba a sus tristes, mundanos e individualistas planes y opciones. Sería importante investigar sobre las acciones en esto, como también en el peso que habría ido adquiriendo Karadima por el respaldo de los cardenales Sodano (ex Nuncio) y Medina, cada vez más influyentes en el Vaticano a medida que el Papa Juan Pablo II estaba más incapacitado física y mentalmente para gobernar de verdad a la Iglesia. Sin el peso del Papa de entonces, de esos dos cardenales y de militares y civiles gobernantes, Karadima no habría podido hacer tanto daño con tanta impunidad y pese a que mucho ya se sabía y decía desde el inicio por feligreses no sólo del Bosque (la respuesta era acusar de maniobra comunista). Lo de Maciel es una muestra del dañino respaldo al más alto nivel: tuvo que ascender el actual Papa para se tomaran las medidas adecuadas en contra de él. En el papado anterior todo se sabía, pero igual que con Karadima nada se hizo. Respecto a éste y sus apoyos religiosos y civiles hubo definiciones y acciones clara y descaradamente políticas. Todos eran muy partidarios del gobierno militar y aparentaban ignorar las barbaridades que Cristo no hubiese aceptado. A cambio, se ocupaban y mataban el tiempo sólo en la "almas" de sus pares, de sus fanáticos (estos les entregaban discernimiento, voluntad y libertad), de sus cercanos, de los que sólo ellos reconocían y aceptaban como buenos o dignos de su atención "pastoral". Todos los obispos mencionados, todos los que tuvieron y tienen poder especial, podrían ser sujetos de investigación al menos periodística. Contribuyeron con sus acciones a cimentar uno de los momentos más negros de la historia de la Iglesia Chilena (y del país) que está significando hasta hoy pérdida de feligreses, de credibilidad, de peso en la sociedad, de esperanza y de amor canalizado hacia Dios y los hermanos. Hay un signo entre muchos que, sin embargo, permite ser optimista: Karadima, pese a su importancia para tantos en la Iglesia, no fue nombrado Obispo. Quizás fue un gesto de pudor, de honestidad, y tal vez de conocimiento previo, no sólo de quienes proponen, sino también de quienes debían decidir. Lo que lamentablemente no se dio después con los conocidos como "los de Karadima" ni con otros de línea idéntica o similar.
AHORA FALTA ALGO MUY IMPORTANTE: INVESTIGAR A CADA UNO DE LOS MIEMBROS DE LA "PÍA UNIÓN SACERDOTAL"................HAY HECHOS VINCULANTES QUE AMERITAN SER REVISADOS PÚBLICAMENTE.
Debemos orar mucho para que hechos de esta naturaleza no se vuelvan a repetir. Orar por los sacerdotes para que no cometan abusos, y por las posibles victimas para que mantengan sus ojos abiertos, y puedan con toda sus fuerzas decir no al abuso y denunciar.
quiero el libro. ya está en librerìas??????