En esta columna el historiador Nicolás Ocaranza explora el origen y las posibles respuestas al creciente “malestar social” que advierte en Chile. A su juicio, la empatía de la opinión pública con las movilizaciones sociales es también “un efecto de la crisis de representatividad” del sistema político y electoral: “No se puede pensar este ciclo de protestas fuera de la deslegitimación del voto como instrumento privilegiado de la democracia representativa”.
Mucha tinta ha corrido para analizar la crisis del sistema político, la deslegitimación de los partidos y la escalada de movilizaciones sociales que reclaman el fin del lucro en las instituciones escolares y universitarias, así como mejores mecanismos de regulación de la educación pública.
Entre las propuestas lanzadas al vuelo por politólogos y sociólogos, varias de ellas más intuitivas que científicas y reflexivas, destaca una idea fuerza que, confrontada con algunos datos empíricos, no resiste ningún análisis. La idea defendida por el sociólogo Eugenio Tironi y el investigador de mercado Roberto Méndez, a propósito de un artículo aparecido en The Economist, apunta a que Chile habría alcanzado un determinado umbral de modernidad gracias al aumento de los ingresos per cápita, lo que habría convertido a sus ciudadanos en individuos más exigentes y empoderados, así como en activos fiscalizadores de las actividades del gobierno y de los otros poderes del Estado.
Frente a esa “intuición” hay otra lectura que permite analizar el problema desde la anormalidad del sistema político chileno y su relación con algunos factores socio-económicos que inciden directamente en la perpetuación de las desigualdades sociales.
El determinante central de este nuevo ciclo de movilizaciones es la llegada de la derecha al poder y las oportunidades políticas que ofrece un gobierno poco receptivo a la voluntad popular y al diálogo con las fuerzas opositoras. El cambio de alineaciones políticas, la división de las elites, la difusión de las causas en las redes sociales, la acción colectiva y los nuevos marcos culturales que resuenan en la población chilena serían los factores que inciden en el clima de indignación y de permanente movilización (1). El escenario político post Concertación abrió un camino favorable a las movilizaciones que hizo posible la conexión de unidades contestatarias que antes estaban desconectadas (profesores, estudiantes, ecologistas, opositores a la derecha, defensores de una asamblea constituyente) y que las protestas alcanzaran un cierto grado de empatía o reconocimiento ciudadano, legitimándose ante una opinión pública que antes se mostraba escasamente receptiva de ellas.
Con todo, la aparente excepcionalidad de estas reivindicaciones no es tal, ya que la mayor parte de las protestas y movilizaciones que ha tenido Chile desde inicios de los años 90, y más fuertemente como consecuencia de los efectos inmediatos de la “crisis asiática” en el bienio 1997-1998, han estado relacionadas con el déficit de financiación de las carreras universitarias, el desmantelamiento de las instituciones y continua privatización de la educación pública.
Además de esta lectura politológica, es necesario considerar que hay otros factores estructurales, no necesariamente relacionados con la coyuntura actual, que intervienen en esta crisis política y social. De acuerdo a los datos aportados por el estudio de indicadores sociales y educacionales de la OECD (OECD, Society at a Glance 2011 – OECD Social Indicators; Education at a Glance 2010: OECD Indicators) y el estudio nacional de opinión pública realizado por el Centro de Estudios Públicos (Estudio Nacional de Opinión Pública N°64, junio-julio 2011), sabemos que el país:
1) Tiene el mayor índice de desigualdad de ingresos entre los países miembros de la OECD, lo cual incide directamente en que sólo el 13% de los chilenos tiene confianza en sus conciudadanos.
2) En referencia al ingreso per cápita, las tasas de matrícula de las universidades chilenas se encuentran entre las tres más altas del mundo. El gasto público en educación del Estado no sobrepasa el 3% del PIB.
3) Tiene la tercera tasa de empleo más baja de la OECD, así como el porcentaje más bajo de trabajadores sindicalizados.
4) Con un 26% de aprobación ciudadana a la gestión del presidente Piñera, el actual gobierno enfrenta la peor crisis de legitimidad de los últimos 20 años. Al mismo tiempo, la Concertación cuenta tan solo con un 17% de aprobación.
Más allá de la crisis educacional, las actuales movilizaciones sociales también son un efecto de la crisis de representatividad. No se puede pensar este ciclo de protestas fuera de la deslegitimación del voto como instrumento privilegiado de la democracia representativa. Independientemente de su carácter contingente y coyuntural, estas movilizaciones son una búsqueda paralela a la vía institucional para instalar una propuesta concreta que suprima el lucro y los enclaves neoliberales que constriñen la educación pública. Pero también se trata de una apuesta por redefinir un nuevo ethos igualitario desde la sociedad civil. Solo así se explica que la juventud hastiada de la democracia formal, es decir, aquellos que no se inscriben en los registros electorales y se automarginan del régimen representativo, sea la que se suma masivamente a las movilizaciones.
El movimiento estudiantil, en definitiva, no se explica únicamente por su mero acontecer, sino también por factores relacionados al déficit democrático y a la crisis de igualdad que sufre la sociedad chilena, asuntos que se corresponden con la estructura constitucional chilena y los mecanismos perversos del sistema electoral binominal.
El debilitamiento de la democracia chilena se explica en gran medida por la completa anormalidad de su sistema político: la clausura del debate público a dos visiones políticas hegemónicas y la permanencia de enclaves constitucionales que impiden la transformación del sistema desde adentro son su sintomatología más evidente. En efecto, la crisis de representatividad tiene también un componente institucional que reproduce una serie de vicios políticos que impiden la profundización democrática y el equilibrio de poderes del Estado, a la vez que acrecientan las desigualdades: hiperpresidencialismo, Parlamento inoperante, congresistas designados, conflictos de intereses entre los funcionarios públicos, corrupción al interior de los organismos estatales, intromisión del Ejecutivo en las labores de los otros poderes del Estado, desarticulación de la actividad sindical, inexistencia de mecanismos consultivos a la ciudadanía, entre otros.
Repensar esta profunda crisis política y social implica delinear para el futuro nuevos principios constitucionales que aseguren una verdadera igualdad y una democracia acorde con los tiempos actuales. Esta lectura supone un cambio de paradigma, vale decir, pasar de una noción de democracia como mero mecanismo de compensación o moderación de la desigualdad a una noción de democracia igualitaria en la que no se reconocen desigualdades naturales y en la cual las desigualdades sociales se vuelvan prácticamente invisibles.
Si el ciclo de movilizaciones se ha agudizado y extendido más de lo esperado es porque la democracia chilena no ha logrado funcionar como un sistema capaz de revertir las desigualdades económicas contra-naturales de la sociedad. Lo que está en juego en Chile en estos días, no solo es el futuro de una educación pública de calidad abierta a todos, sino también el justo reclamo por una nueva noción de democracia igualitaria. Si en la opinión pública ya se escucha con fuerza el llamado a plebiscitar la reforma educacional, a promover mecanismos de democracia directa e incluso convocar a una asamblea constituyente, es porque la noción de democracia sobre la cual se construyó el orden político-constitucional chileno post-dictatorial ya no da para más.
Con estos antecedentes, es claro que las masivas movilizaciones no son la expresión de un país que llega a ser “normal”, sino más bien el síntoma de una completa “anormalidad” política-institucional que se arrastra desde la transición democrática en los años 90 y que terminó enclaustrando al país en un marco constitucional restringido, cuyos límites aseguran la perpetuidad de un orden socio-económico desigual.
Como la mayoría de los políticos criollos se han resistido a pensar que las transformaciones socio-económicas pendientes en Chile deben pasar inevitablemente por un cambio constitucional, nunca está demás recordar que aún cuando la igualdad puede ser espontáneamente instalada por las transformaciones sociales, ésta también puede ser establecida por la ley o por el uso de las leyes. La igualdad democrática, como ha sido definida por Pierre Rosanvallon y Adam Przeworski, puede ser un reflejo de la igualdad pre-existente en otros lugares, o bien, ser impuesta por las leyes. Pero cuando ni la una ni la otra operan con eficacia, la democracia se debilita y la representación se convierte en un mero paliativo para una crisis total de la sociedad. Si el malestar social no se resuelve por la vía institucional, que permite la promulgación de nuevas leyes y pactos sociales a través de las constituciones, la crisis será total, inevitable e irreversible.
Suponer que Chile resolverá este crispante malestar -cuya etiología es la profunda desigualdad social- con el crecimiento económico, es una fórmula que fracasó durante cuatro gobiernos concertacionistas y que ahora recrudece con la derecha en el poder. A pesar de que las anteojeras de las instituciones representativas chilenas, que mantienen el statu quo de la situación económica y social de los ciudadanos, no han permitido cubrir con eficacia la desigualdad evidente de sus condiciones de vida, las actuales movilizaciones sociales son la expresión ciudadana de una búsqueda por profundizar unas estructuras democráticas hasta ahora recelosas del imperativo igualitario.
Nota 1:
Esta idea, definida por Sidney Tarrow como ‹‹political opportunity structure››, ha sido explicada en detalle en su libro Power in Movement: Social Movements and Contentious Politics (Cambridge: Cambridge University Press, 2011).

Nicolás, me gustó mucho tu columna, se me hace como una sinfonía bella donde cada nota está en un lugar inmejorable, es clara y comprensible para todos los oídos y es sencilla, lúcida y poco pretenciosa. De cierta manera es bonito que, siendo que Chile lleva unas cuantas décadas de retraso en el desarrollo de políticas que promuevan la igualdad y el bienestar común, sea justo ahora, cuando en los países desarrollados (los gozan de estas políticas) éstas se están viendo cuestionadas y restringidas por la presión de un modelo de libre mercado predominante, que el pueblo chileno arremeta y demande por fin un sistema equitativo de desarrollo que permita crecer según intereses humanos integrales y no sólo monetarios. Me resulta emocionante que a pesar del descrédito que estos ideales tienen actualmente, los chilenos creamos aún que otra vía es posible, es más sana y es más justa. Pero me sorprende, y me inquieta a la vez, que la prosperidad económica de Chile (no así la justa distribución de los bienes) coincida con que las políticas chilenas durante los últimos casi 40 años no han hecho más que obedecer, como buenos discípulos, a las necesidades del libre mercado y de aquellos que de él se benefician, y que si no fuese así -como se ha visto que ha ocurrido con algunos gobiernos de países que lo han intentado, como por ejemplo el comienzo de la era Zapatero en España- este desarrollo económico no sería posible, o más bien, no dejarían que fuera posible por no respetar las reglas del libre mercado que favorece a aquellos que al final son los que toman las decisiones sobre la economía mundial. Y bueno, en Chile, como en un viejo fundo aislado, o detenido en el tiempo, coincide con que los dueños del poder económico son los mismos que administran el país a nivel político, el gobierno no se ve presionado por el lobby, el gobierno ES un gran lobby (y durante la Concertación también) entonces, es de esperar que ellos hayan perdido toda legitimidad y que los jóvenes no quieran prestarse a participar en ese juego de apariencias y poder y mugre. Bueno, me extendí más de lo que quería, lo siento, pero es que es lo que pasa cuando a uno le dan tribuna, aunque sea que nadie le lea a uno, uno se pone cocoroco. Un saludo. Y gracias de nuevo por tu gran columna.
La columna dice todo y a la vez nada. Parece un resumen de columnas del diario el Mostrador. Un poco más de rigor intelectual hubiera sido recomendable. saludos
Me parece de manera justa lo que se esta exigiendo en la educacion, hoy la educacion en chile se ha vuelto un verdadero negocio verdaderas empresas trabajando amparadas por leyes que necesitan ser analizadas en profundidas pero no se acabara hasta que los mismos entes participativos de nuestras politica dejen de lado sus intereses economicos, cual dudo q sea de esa manera chile necesita un cambio realmente y no solo es la culpa de este gobierno si no de los que nos gobernaron nunca se hicieron participe de cambiar realmente esta situacion que ya no da para mas siempre actuaron muy sigilosamente y hoy quieren a la vez sacar provecho de esto ha no elegir mas politicos que aprovechadores e oportunistas que le estan haciendo mal a chile. politicas con vision de futuro adecuadas a los nuevos tiempos que se viven hoy y terminar con la desigualdad social necesitamos educacion para todos sin discrinacion social.
Gracias por vuestras lecturas y comentarios. Comparto con ustedes y al igual que muchos otros estudiantes la inquietud sobre la excesiva mercantilización de la educación y cómo esto termina afectando al igualitarismo. Respecto a lo que Felipe menciona, me gustaría saber a qué se refiere con "rigor intelectual". Cuando se escribe una columna de opinión y no un texto académico hay que sintetizar y problematizar evitando las eternas referencias bibliográficas. Si no era eso a lo que hacías mención, podrías contra-argumentar qué puntos del texto parecen poco rigurosos desde tu punto de vista y proponer una lectura alternativa.
No quise ser ofensivo. Mis disculpas si lo fui. Con rigor intelectual me refiero con tener un argumento claro y original (y no varios entremezclados). Por eso dije que parecía resumen del Mostrador. Pareces más empeñado en mostrar tu indignación moral que en producir un marco interpretativo propio. Tal vez es una cuestión de forma, pero tengo la impresión que mezclas demasiados registros, sin definirte por ninguno, lo que finalmente deja al lector con una impresión vaga, aunque ciertamente comprometida. ¿Pero es suficiente ser comprometido tener un pensamiento riguroso? No lo creo. Pero te dejo una pregunta: a qué te refiere con democracia igualitaria?
Sr columnista y Sr Aldana, que buenos articulos he leido hoy gracias a Uds dos. Creo que nos vamos aclarando un poco mas de lo que va pasando en nuestro pais. Creo que hasta hace algunos meses hemos estado viviendo como ovejas y ya era hora de ir despertando, los estudiantes nos han puesto el despertador y ahora es tiempo de acompaniarlos en esta,que ya no es solo una batalla educacional si no una batalla por el pais entero. Gracias a ambos Saludos
Gracias por la aclaración Felipe. En realidad no estoy al tanto de lo que publica El Mostrador pero sí de la enorme producción sociológica e histórica que se ha escrito sobre el tema de los movimientos sociales, el sistema electoral y el constitucionalismo chileno desde la transición democrática. De hecho, mis reflexiones no parten de la opinología que inunda de manera oportunista los medios de comunicación sino de una investigación histórica que preparo junto a otro historiador desde un año y medio atrás y que espero aparezca pronto publicada. Respecto a tu pregunta, retomo el concepto de democracia y constitucionalismo igualitario de Pierre Rosanvallon y Roberto Gargarella, que supone una premisa muy básica pero que recién en estos meses comienza a hacer sentido en Chile: el reconocimiento de los derechos sociales y de una democracia participativa solo puede asegurarse por la vía de un nuevo orden legal y constitucional.
La falta de rigor intelectual lo muestras nuevamente cuando dices “mis reflexiones no parten de la opinología que inunda de manera oportunista los medios de comunicación” sino que de mi larga trayectoria y del libro que voy publicar sobre la materia. Tener que recurrir a la descalificación de los demás (cuando en el Mostrador escriben personas con trayectorias reconocidas) para defender tus argumentos me parece pobre intelectualmente. El tema de los derechos sociales sería interesante que los hubiera abordado en tu columna, pues va mucho más allá de un simple reconocimiento: Chile ha firmando varios tratados donde se reconocen, los mismo Estados Unidos, y ahí estamos.
Te pido que no tergiverses las palabras de tu interlocutor si pretendes iniciar un debate en serio, eso es lo mínimo que se puede exigir a alguien que apela al rigor pero que no lo demuestra en lo que escribe. Nunca he siquiera sugerido el argumento de mi "larga trayectoria", eso lo has dicho tu de manera muy poco correcta. Difícilmente apelaría a un argumento como ese a mi corta edad. Por último, en El Mostrador escriben personas de todo tipo (políticos, estudiantes e investigadores), éstos últimos son desgraciadamente una minoría y solo muy pocos realmente han realizado estudios sistemáticos sobre los temas que ahora aparecen en el debate público. Los políticos, en cambio, han inundado los espacios con columnas acomodaticias a sus propios intereses y causas particulares.
Me parece que no estoy tergiversando. Es cosa de leer lo que dijiste. Lo repito: “en realidad no estoy al tanto de lo que publica El Mostrador pero sí de la enorme producción sociológica e histórica que se ha escrito sobre el tema de los movimientos sociales, el sistema electoral y el constitucionalismo chileno desde la transición democrática. De hecho, mis reflexiones no parten de la opinología que inunda de manera oportunista los medios de comunicación sino de una investigación histórica que preparo junto a otro historiador desde un año y medio atrás y que espero aparezca pronto publicada”. Con eso nos estas diciendo que tu NO haces opinología barata, sino que te basas en un trabajo serio (sociológico e histórico), y además vas a escribir un libro. Me pregunto si a caso es necesario haber leído todas las obras sobre sociología e historia sobre sistema electoral y el constitucionalismo para escribir una columna? Acusar al resto de la producción intelectual de “opinología” para validar tus argumentos es lo que me parece poco serio intelectualmente. Tus ideas deben defenderse por sí mismas, en base a su originalidad y no en base a calificativos morales. De todos modos agradezco tu columna, es un buen diagnóstico, pero como te dije en un principio, eche de menos un punto de vista TUYO, menos collage y mas atrevimiento. saludos
Oye Felipe, termina de dar lata. El artículo es breve y claro (sin pretenciones academicistas). Se huele un tufillo a chaqueteo en tus contradictorios y pobres comentarios. Ahora, si estas de acuerdo en el fondo y hechas de menos opiniones personales del autor, entonces expone las tuyas has perdido harto rato en hacerlo y no has aportado un gramo al debate.