Respecto al nuevo tratamiento que la Justicia y la misma iglesia están empezando a asumir cuando hay denuncias sobre abusos de poder, es preocupante darse cuenta, al leer algunos comentarios, de la violencia verbal y mental que aquí despliegan en abundancia algunas personas opinantes. ¿Por qué descalifican en forma tan grosera al denunciante ante autoridades eclesiásticas? Hablan de sus actitudes, sentimientos, intenciones, relaciones y mucho más, como si fueran jueces, psicólogos o tuvieran conocimiento directo de él y de su entorno, cuando pareciera que todo lo que escriben con tanto resentimiento es de oídas, son apreciaciones, sólo sentimientos propios y desconocimiento real incluso de lo que es la Iglesia a la cual pareciera que dicen pertenecer. Para colmo, una persona que destroza al denunciante, termina invocando a la Virgen María para que lo auxilie. Increíble. Y habla mal de esa persona que así muestra un defecto de muchos hombres y mujeres: destruyo al hermano con mi lengua, mi acción o mi teclado y luego, como yo sí soy bueno, lo dejo “bondadosamente” en manos de Dios. Si eso no es fariseísmo, no sé qué podría ser. Lamentable que un problema humano de tanta trascendencia, pues además está relacionado en forma directa con aspectos vitales, personales, vocacionales, de fe, de amor a Dios y a los hermanos y de entrega total para toda la vida, sea tratado en estilo, términos, enfoque y conocimiento faranduleros. Así no valdría la pena leerlos y menos antes escribirlos. Ojalá, al contrario, sea enfocado con altura de miras y con mucha apertura a la denuncia, con calidad humana e intelectual y sobre todo con mucha fraternidad, caridad y misericordia hacia quien da pasos arriesgados, dolorosos, pero también esperanzados para bien de la misma Iglesia, aún a costa de los propios dolores y rechazos recibidos o por recibir, tal como los sufridos antes y a todo nivel por las víctimas de Karadima.

Carlos L.