Nosotros, los mejores
08.07.2011
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08.07.2011
A veces me da pena el ministro Joaquín Lavín, lo digo en buena. Porque yo gasto, no sé, 250 mil pesos mensuales en el colegio de mi hija, y eso es sólo para que cruce la puerta del establecimiento. Después, en la tarde del lunes, va a un taller de música, el martes a uno de pintura y dos veces a la semana practica deporte. Y la abuela viene los jueves a estudiar con ella inglés. Por las noches trato de llegar temprano para que leamos o conversemos de lo que ha aprendido en el colegio. Siempre revisamos los cuadernos, estamos pendientes de hablar con ella de temas de actualidad que le expliquen el mundo, que la hagan preguntarse cosas; que sepa que tiene mucha suerte y que tiene que esforzarse.
Por supuesto me siento orgullosísimo de sus logros, de lo que escribe, de lo que piensa cuando lee algo o cómo se esfuerza en el deporte y en la música. Y siento lo que muchos padres: que le estoy dando lo que se necesita para que pueda decidir con más libertad lo que quiere, para que sea una persona abierta, curiosa y bueno, también preparada, porque va a tener que competir, qué pena decirlo, pero es así, va a tener que estar bien preparada para competir.
Por supuesto no se trata solo de plata, aunque un buen economista podría meter toda nuestra vida en una juguera y monetarizar cada libro comprado, cada minuto dedicado al repaso, cada vuelta a la pista de atletismo y cada corrección de la pronunciación hecha con la abuela y decir que en esta niña se invierte, no sé: ¿400 mil pesos?
Pero entonces veo, al pasar, un estudio del PNUD que entre otras cosas dice que miles de familias chilenas gastan sólo 10 mil pesos en la educación de sus hijos. Y me quedo pensando en los niños de los colegios rojos y más que rojos, negros. No puedo explicar bien aquí toda la desesperación que me provocan los niños educados a 10 mil pesos mensuales. Sé para donde van esos destinos. No es necesario ser pitoniso. Por el contrario, es necesario ser muy canalla para no admitir que sabemos hacia dónde están siendo empujados. Hacia la pobreza, la ignorancia. Hacia el mundo retratado por otro estudio -de la Universidad de Chile, en 2001- que decía que el 50 por ciento de nuestra fuerza laboral no es capaz de entender las instrucciones de un frasco de remedio. Empujados hacia los bajos sueldos que luego se explican a través de la baja capacitación de la fuerza de trabajo, baja capacitación que se definió desde los tres años de vida, cuando unos pudieron ir a un jardín y otros no.
Estos niños están siendo condenados a ser parte de la fuerza laboral que gana menos de lo que yo gasto en educar a mi hija y se desloman por ese salario y ni siquiera pueden plantearse llegar temprano a casa para leerle a sus hijos. Ninguno de los placeres ni las opciones que ofrece la cultura se alcanza tartamudeando en la lectura o sin saber las operaciones básicas.
Entonces cada acto de preocupación hacia mi hija termina teniendo un lado amargo. Y es este: en algún momento, en esta sociedad de la libre competencia, los jóvenes de a 10 mil pesos al mes serán puestos en una pista junto a los de 250 mil y los de 500 mil pesos al mes. Y yo haré barra por mi hija como debe hacer todo padre. Y en función de cuánto rindan, qué puntaje tengan, qué capacidades muestren, ocuparán lugares en la sociedad. Pero eso es todo menos una competencia justa. Es una trampa. Una vergüenza.
Por supuesto, no es novedad lo que expreso aquí. Nosotros, los profesionales de hoy, los que pasamos el colegio con Pinochet y la universidad con la Concertación, somos tal vez la primera generación que usufructuó de ese tipo de “competencia”. Por ello, aunque mis padres eran pobres de los ‘60 y pudieron estudiar en la universidad, yo en muy contadas ocasiones me he encontrado con colegas que hayan tenido una infancia pobre, que hayan jugado a la pelota en las calles de La Pintana, Pedro Aguirre Cerda, Lo Espejo y que a través de la educación hayan alcanzado un nivel mejor que el de sus padres. ¿Dónde están ellos?
Mi generación, me refiero a los profesionales de 40 años, suele creer en la competencia, pero no asume que le despejaron el camino: no se da cuenta de lo privilegiada que ha sido. Como esos juegos de computador que tienen claves para armar mejor al héroe o saltarse las etapas difíciles u obtener más vidas de las que especifican las reglas, nosotros hemos tenido claves para avanzar mejor en el juego de la vida laboral. El gran mérito para lograrlo fue tener la capacidad de nacer en la familia correcta. Y después de usar todos los trucos posibles –saber inglés cuando en los municipales ni el profe lo sabe, conocer a tal persona porque fuimos al mismo club, poder resolver ciertos problemas matemáticos porque nuestro profesor explicaba bien–, después de todo eso, solemos decir que somos buenos en el juego, que estamos altamente capacitados, que llegamos primeros a la meta, limpiamente.
Da pavor el mundo desigual e injusto que les dejamos a nuestros hijos. Y yo, que no he hecho mucho por cambiar eso, me imagino entonces cómo se debe sentir Lavín, que desde el ministerio está a cargo de esta realidad. Y también Piñera. Y para que no crean que ésta es una crítica política, lo que debe sentir toda persona de derecha o de la Concertación que tiene a sus hijos en los colegios donde se educa la elite. A ellos, mis gastos pueden parecerles una superchería. Y me imagino lo duro que es saber que tu hijo está ahí y que saldrá directamente a un puesto de poder, a trabajar en la gerencia de la empresa de su padre o de su amigo de curso, porque esos colegios brindan más que excelencia académica, redes de contactos futuros. Debe ser difícil dormir pensando en que tu hijo tiene todas las claves a disposición y que tendrá una buena vida independientemente de si se esfuerza o es un patán.
Imagino la culpa que debe sentir entonces Lavín de sólo limitarse a señalar que los colegios son rojos, él, que sabe por su experiencia y por la de sus prolíficos amigos, todo lo que hay que gastar en una buena educación. La culpa que debe sentir al ver la subvención de 40 mil pesos por alumno y tener que exigir que con esa porquería de recursos los hijos de los pobres lleguen al nivel de sus hijos. La vergüenza que debe sentir cuando reclama hoy por las clases que se pierden por el paro, cuando sabe que esas clases que se pierden no llevan a ninguna parte (no nos olvidemos que hay muchos estudios que muestran la escalofriante calidad académica de los profesores que están egresando).
Una vocecita muy honda tiene que estarle diciendo “Joaco, tú sabes que no es así”. Y tiene que volver a su casa y ver a sus hijos o los niños que viven en su barrio y preguntarse qué habría sido de ellos si no hubieran podido nacer allí. Debe ser terrible creer honestamente en la competencia y ver que la que te toca organizar, esa competencia que es tan clave en la vida de cada uno, resulta una grotesca parodia, una carrera abusiva donde unos se deslizan y otros deben saltar mil obstáculos y ni siquiera ya se presentan a la carrera. Pobre.
*Columna inspirada en las reflexiones sobre educación del abogado Fernando Atria.