Obviamente en casi todos los puntos estoy de acuerdo con lo expuesto en ambos documentos y, por ello mismo es que no podemos caer en descalificaciones odiosas que dañan aún más la Iglesia que está muy herida.

No podemos decir de Monseñor Medina que es el Diablo o satanizarlo. Es uno de nuestros pastores y por algo Dios lo ha puesto en el lugar que está.

En primer lugar ha de considerarse que es un hombre de 83 años de edad y que parte de su ministerio lo ejerció con anterioridad al Concilio Vaticano II, luego bajo ese contexto deben interpretarse sus opiniones que suelen escandalizar. Además es un intelectual y en los últimos años se ha desenvuelto en las esferas de mando dentro de nuestra Iglesia y de allí puede entenderse su tono autoritario.

Jesús también hablaba con autoridad y fue motivo de escándalo para la gente de su tiempo. Efectivamente su tono muchas veces puede parecernos, como laicos, arrogante, pero el contenido de algunas de sus misivas resulta bastante interesante, las he leído y he encontrado que sólo representan la postura que siempre ha tenido la Iglesia frente a algunos asuntos morales: el aborto, la homosexualidad, el divorcio, el comunismo etcétera. Las Sagradas Escrituras y la Sagrada Tradición Apostólica no se contraponen a lo que el Cardenal sostiene en la mayoría de los casos.

Sí creo que muchas veces su tono y su postura han resultado chocantes, pero no por ello debemos desdeñar todo lo que él señala. No debemos ser prejuiciosos, él ha sido un aporte para la Iglesia en tiempos de crisis moral, permisividad y relativismo ético.

Lo que ocurre que la mayoría de las veces nos molesta escuchar lo que no queremos, lo que no nos gusta, porque no se ajusta al tipo de vida que llevamos, porque nos sentimos culpables y no deseamos salir de alguna situación de pecado. Ante ello lo más simple es atacar a quien considero mi adversario porque la denuncia que aquél formula no concuerda con mis pensamientos y deseos.

Por último, si es que el Cardenal me ha ofendido, perdonémoslo como lo ordena Jesús en el Padre Nuestro “perdona nuestras ofendas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, sin perjuicio de seguir en el ámbito terrenal los conductos que correspondan.