El testimonio de Juan Pablo Zañartu, arquitecto de la Universidad Católica, es particularmente escalofriante. No solo por lo que le ocurrió, sino porque parece mostrar que en El Bosque los abusos contra niños y jóvenes tenían una larga historia. Aquí detalla cómo, a inicios de los años 60, Karadima lo confesaba cuando él sólo tenía 12 años, consultándole de manera obsesiva por aspectos sexuales. Zañartu cree que en entonces Karadima actuaba en acuerdo con el seminarista Raúl Claro Huneeus, quien lo invitó a su habitación, se acostó y le dijo: “Ven y abrázame”.
-Usted relató al fiscal Xavier Armendáriz que llegó a la parroquia El Bosque a los 12 años, poco después de que sus padres se separaran y cuando se sentía muy solo.
-Así es. En esa época la gente no se separaba, se mantenían las apariencias. Entonces, lo que pasó en mi casa era poco usual y era difícil de entender para un niño… Fue fuerte. Ahora estoy pensando que para estos curas debo haber sido la víctima perfecta. Mi padre no estaba y yo me sentía re mal. Y además, en ese tiempo sentía la necesidad de Dios…
-¿Por qué empezó a ir a esa parroquia?
-Estudiaba en el Grange y un grupo de muchachos de ahí, mayores que yo, iban a El Bosque. En el Grange tenían un sistema británico, que le daba poder a los muchachos cuando están en su último año y yo veía a cuatro o cinco chicos que andaban en sus autos y que iban a esa parroquia a la misa de las siete de la mañana y a mis 12 años supongo que quería imitarlos. Algunas veces ellos me llevaban de vuelta al colegio y para mí era un privilegio salvaje que me vieran llegar con ellos, porque significaba codearme con los gallos que estaban en el poder real del colegio. Por otra parte, la parroquia era un panorama para un niño: estamos hablando de comienzos de los años 60, en el 61 ó 62. El mundo era bastante gris y la iglesia con su acción católica era algo atractivo para los jóvenes.
-Pero también sentía fe, sino no se explica que fuera a misa a esa hora.
-Sí. Ahora me cuesta reconocerlo, pero en esos años sí quería encontrar a Dios. Había en mí una cuestión piadosa importante. Me emocionaba entrar a la nave central y sentir el olor a incienso, oír los rezos, los cantos. Y ese sentimiento se mezclaba con que había otros jóvenes, todos de entre 12 y 17 años, máximo, que formaban la Acción Católica… Uno tenía la idea de que en El Bosque te estaban formando para ser un líder: era como un semillero de futuros líderes. Los sábados se juntaban unos cien chicos y yo sentía que a través de las conversaciones, las misas, los rezos, me iba integrando a un ejército celestial. Me sentía parte de algo mayor. Me sentía legionario: “Soy soldado de Dios”. “He sido confirmado, soy un soldado. Tengo una misión, estoy metido en esto, soy parte de una comunidad activa…”. Así, entre la soledad, las necesidades afectivas y las ganas de creer, se armó un cóctel muy explosivo, muy enfermo. Y eso fue lo que me pasó a mí, a los 12 años, con este tipo, Raúl Claro Huneeus.
-¿Sabe que la persona a la que acusa es hijo de Marcela Paz, la autora de Papelucho?
-No lo sabía. Pero lo recuerdo claramente, es un gallo bien alto, bien flaco, con anteojos, más alto de lo que soy yo ahora. … A mí me da la impresión que este huevón se enamoró de mí… No sé si está bien puesta la palabra, pero lo digo porque me invitaba a espacios a los que no invitaba a cualquier persona, espacios como su dormitorio…
-¿Cree que no lo hacía con otros?
-No lo sé. Y era muy pillo el cuento. Porque cuando te invitaba al dormitorio lo hacía parecer como que te invitaba a un lugar muy sagrado. Pasó dos veces y siempre era como un secreto. Me dijo en voz muy baja “vamos a mi pieza” y fuimos como escabulléndonos hasta el segundo piso. Todo estaba silencioso, todo estaba cerrado y oscuro. Yo estaba emocionado porque era como cuando un amigo te invitaba a su casa y tú “wow, qué interesante”. Era como un regalo que te hacía…. Por supuesto este era un dormitorio donde te recibía este hombre, una cama y muchos libros. Ahora la intención de este cura no era conversar ni mostrarme un libro. La primera vez cerró la puerta, se tendió en la cama y dijo “Juan, ven a darme un abrazo”.
-¿Qué hizo?
-Yo era chico y no entendí nada ¿Por qué un abrazo en la cama? Se me produjo como un cortocircuito potente al verlo ahí, largo, todo negro, frailón, diciéndome, “ven Juan, abracémonos”. Yo pensé que íbamos a ver un libro, cuestiones interesantes, que me iba a mostrar algo que estaba ahí no más y que era para mí.
-¿Le dio miedo?
-Claro. Pero tampoco caché bien, para ser franco. Hubo en mí una respuesta corporal, de sentir que eso no estaba bien, no correspondía. Pero nunca pensé que este hombre me estaba invitando a tener una relación homosexual y que como niño que era se trataba de un abuso sexual por parte de un cura pederastra. A nivel de cabeza no tenía los conceptos adecuados para entender eso. Yo me puse muy mal, me sentí mal. No recuerdo si me puse a llorar, pero solo atiné a salir de esa pieza. El cura se dio cuenta de que no iba a pasar nada y eso me salvó. La segunda vez fue parecido. Me invitó a rezar a la pieza y volvió a pedirme que lo abrazara. No lo hice. Y después le conté a mi mamá.
-¿Qué hizo ella?
-Mi mamá cachó altiro. Su reacción fue tomarme del brazo y llevarme a la parroquia. Ni siquiera entramos a la iglesia. Nos paramos en la escalinata y mandó a llamar al cura. Cuando llegó Raúl ella empezó a gritarle lo que me había tratado de hacer. El cura negó todo. Esa fue la parte más terrible porque sentí una traición: “No, si no ha pasado nada. ¿Cómo se le ocurre señora? Usted está loca, yo soy sacerdote”. Y me miraba a mí como buscando complicidad. Esto fue a medio día, a todo grito. Yo creo que mucha gente se enteró. Después nunca más volví a la parroquia de El Bosque.
-Debe haber sido terrible para usted ese episodio.
-Si. Ese momento marco un hito en mi vida. Yo le entregué a este cura de mierda, mi confianza infinita y mi inocencia de niño que busca conocer a Dios. Él me traicionó y sólo quería usar mi cuerpo para satisfacer su sexualidad anómala.
No sólo me alejé de la iglesia para siempre, sino que he tenido que procesar a través de mi vida el tema de la desconfianza con los hombres y con el mundo. Personalmente, fue muy duro y demasiado costo psicológico que pagar por los actos de un fraile sin criterio, sin integridad y sin responsabilidad. Pero en ese momento me chocó lo que hizo mi mamá. Después, como adulto, me di cuenta de que era lo que tenía que hacer. Pero en ese momento no lo entendí. Un niño chico, cuando tiene una amistad tan fuerte, va hasta la muerte con ella. Y yo no tenía muchos amigos. Nunca me habría imaginado que el gallo me estaba tratando de cagar como lo veo ahora.
-Sin embargo le contó a su mamá lo que había pasado.
-Sí, pero no se lo dije como denuncia. No le dije ” este gallo es un violador”, sino que le estaba contando lo que había hecho y le dije “oye fui para allá y el tipo quería abrazarme en la cama…”. Y eso es lo que me gustaría que la gente entienda: frente a un abusador sexual, un niño puede no darse cuenta de nada. El cura te dice: “No le cuentes a nadie, es nuestro secreto ante Jesucristo”. Y tú estás entregado. Estoy pensando que eso le pasó a los muchachos que vinieron después. Te mencionan a Jesucristo, lo más sagrado, para taparse.
-Y Claro Huneeus le decía a su mamá que estaba loca…
-Sí: “Usted está loca señora, está en otra realidad. Yo soy un sacerdote”, negando totalmente. Y me decía a mí: “Lo siento Juan, tu mamá es una loca”. Por eso yo estaba en shock, porque como te digo no entendía que fuera algo tan grave y me preguntaba si mi mamá estaba exagerando o no. A mí ese tema me quedó por mucho tiempo sin resolver. El cura me puso contra mi mamá para cubrirse él. Me costó muchos años de terapia entender que la actitud de mi mamá había sido la correcta. Que ella verdaderamente me estaba protegiendo.!!. Lo vi como que ella me estaba separando de un lugar que yo sentía que era mi lugar, que yo había encontrado.
-¿Cuándo lo entendió?
-Yo soy arquitecto de la PUC. Viví y trabajé muchos años en California. En los 80, en Boston se destapó un escándalo mayor de abuso sexual a niños por parte de sacerdotes de la Iglesia Católica. Inmediatamente me interesé y me puse a estudiar todos los casos. Después de años de lidiar con mis angustias, depresiones y tendencias suicidas, me di cuenta que había sido parte de esta tragedia de muchos y que lo mío no era un hecho aislado. No estaba solo. Ha sido un camino largo, hasta que me di cuenta que la postura del Vaticano sobre la castidad provoca rápidamente desviaciones. Me costó mucho procesar esta historia. Yo siento que en todo esto hay un abuso físico, pero también un abuso espiritual muy profundo. Yo lo que más quería era sentirme cerca de Dios y creí que el cura estaba más cerca. Yo quería ser como él. Yo tenía padres separados, me sentí herido, era tímido, no tenía amigos en la acción católica y este gallo se apoderó de mí. Yo era un niño muy destruido y se apoderó de mí.
-¿Su mamá denunció a Raúl Claro?
-No, eso era impensable. Olvídate de eso… Estamos hablando del año 61, 62. No se denunciaban esas cosas. Entiendo que Raúl ya no es cura y que vive en Alemania. Yo creo que él tiene mucha información sobre lo que pasaba en El Bosque y que debería declarar.
-¿Por qué vincula a Claro con Karadima?
-A mí me parece que Karadima tenía una especie de santa escuela, donde lo que Raúl Claro hizo conmigo era una suerte de iniciación, como de bienvenida a este club de santos, de líderes, de luchadores de Cristo, de legionarios, de soldados de Cristo. Una bienvenida perversa.
Hoy pienso que Claro era abiertamente homosexual y que Karadima como el líder, el maestro que guiaba a esta congregación, lo permitía. Mis confesiones obligatorias con Karadima eran confesiones sexuales con el pretexto de llegar a Jesucristo, a Dios y hoy creo que la información que yo le pasaba él se la trasmitía a Claro, a estas alturas mi protector y mi potencial abusador. Digo lo anterior, porque Claro conocía mis culpas y pecados sexuales de niño de 12 años sin habérselas contado. Claro veneraba a Karadima y éste le hablaba de mí y consentía sus intenciones. Quiero ir aún más lejos: no me extrañaría si me dijeran que Claro y Karadima mantenían una relación sexual como partes partícipes de esta congregación perversa.
-En esa época ya estaba Karadima en El Bosque, ¿qué recuerdos tiene de él?
-En esos tiempos debe haber tenido 30 años. Yo nunca más lo vi después, me alejé completamente de la iglesia. Era carismático, caminaba mucho, siempre andaba rápido y era el confesor, o sea el tipo al cual tú le abres tu conciencia y admites tu culpabilidad, y él te perdona, te absuelve. Era el que hacía la misa, el sacerdote que hacía la misa a las siete de la mañana. Le gustaba llamar la atención. No era lo que llamaría un cura humilde, bueno, santo. Era un gallo importante. Personalmente no me gustaba por el tema de las confesiones sexuales obsesivas que me obligaba a realizar entre sus piernas con su traspiración y aliento repugnante. Además, me sentía muy mal porque siempre tenía que confesarle lo mismo. Todas las confesiones eran sexuales, todas, todas: “¿Cómo te masturbas, cuánto te masturbas, en quién piensas, qué te imaginas?”. Voyerista, pegado a ti y rojo el huevón.
-¿Cómo es eso de “pegado a ti”?
-Es que no era en el confesionario. El se sentaba con las piernas abiertas y tú te tenías que arrodillar entre ellas. Y la cabeza de él estaba en tu oreja. Y sentía su respiración, su voz, su aliento, su temperatura, su olor su transpiración. Claramente el tipo sentía placer cuando le contaba de mi vida sexual a los 12 años. Cuando hablo de placer, me refiero a placer sexual.
-¿Eso era una vez a la semana?
-No, era todo el tiempo. Me decía “vamos a confesarnos, cuéntame tus weas sexuales”.
-¿Él le decía “vamos a confesarnos?
-Sí, absolutamente.
¿Y usted entraba a la iglesia y podía ver a Karadima confesando a otros niños?
-No. Y no vi a más niños confesarse con él. A mí me parecía un privilegio que tenía que ver con mi amistad con Raúl. Por eso tenía la posibilidad de confesarme con el maestro… Ahora, ahí hay otro punto importante. Porque él es el consejero espiritual. O sea a él todos le cuentan desde la separación de sus padres hasta el adulterio, la homosexualidad, etc. O sea, todos los temas que son tabús en las familias tradicionales, se los cuentan a él, que es el sicólogo, el siquiatra, el guía espiritual. Entonces él sabe todo lo que pasa en las familias ¿Te das cuenta del poder que tiene?
-¿Alguna vez le pareció que usaba sus confesiones para manipularlo?
-No, conmigo no. Conmigo se calentaba. Porque en realidad mi familia era una familia separada, terrible no más, pero sin trascendencia de poder.
-¿Por qué decidió declarar?
-Salió un cura en El Mercurio que dijo “toda la gente que ha sido abusada que venga”. Dos meses antes habían salido los denunciantes a los que yo no conocía (Hamilton y otros) y me pareció que era el momento de decir lo que había pasado.
-¿Qué siente cuando ve que lo que vivió usted lo vivieron otros jóvenes 30 ó 40 años después en la misma parroquia?
-Que hay una enorme complicidad de la jerarquía de la iglesia en todo esto. Y que debe haber muchas más víctimas. Si después en los años 70, 80, 90, vinieron otras personas, pasó mucho tiempo. Tiene que haber gente que está callada, que no habló. Yo soy el único gallo que hablé de los 60, pero ¿y los 70, 80? Ahora, entiendo lo difícil que es para las víctimas. A mí la verdad es que esta experiencia me marcó. Es muy fuerte que traten de abusarte sexualmente. ¡Yo tuve suerte porque me retiré a tiempo! O sea, no me abusaron sexualmente como a otros niños, porque me salvaron… Mi mamá me salvó, porque yo le conté… Pero, y si no le hubiera contado… Me estoy emocionando, discúlpame.

Esto es lo más esclarecedor que he leído sobre el significado del abuso, de cómo lo vive un niño preadolescente, de la manera en que es indefenso, y de por qué el daño puede llegar a ser tan profundo. Por eso mismo, aplicando el principio de Hanlon, resulta estremecedor contemplar las diversas formas de ceguera con que cardenales y otros líderes de la Iglesia han enfrentado estos hechos. Lejos de asumir el control y actuar con celeridad para identificar y extirpar la corrupción, les vemos perplejos ellos mismos ante su propia podredumbre, sin atinar a reconocerla como tal. Las reacciones han ido desde negar los hechos, descalificando a los denunciantes como pervertidos, dementes, malhechores o traidores; ocultar información y hechos; proteger abusadores trasladándolos allí donde son desconocidos para vivir la ficción de que su conducta fue alguna desviación pasajera; cuando ya la corrupción no admite duda, recluir al individuo en la seguridad de algún lugar alejado de los rigores de la justicia y las cárceles, como corresponde a cualquier ciudadano; tratar los abusos como si fueran faltas individuales, eludiendo asumir que se requiere una estructura de soporte y encubrimiento para operar; omitir aplicar las propias leyes internas de la Iglesia cuando correspondía, las que indican que DEBE investigarse cada caso en vez de prejuzgar si corresponde o no; e incluso, lo último que hemos visto, un cardenal endosando a las víctimas las debilidades humanas de sus ministros. La gerencia eclesiástica no da señales claras de percibir que tiene responsabilidad en los actos que se cometen en el nombre de su organización. Por su antigüedad, parece suponer la existencia de un fuero implícito de sus miembros consagrados, un estatus por encima de los ciudadanos comunes concebidos como pecadores inferiores, una licencia propia de agentes secretos para burlar las leyes en nombre de un objetivo superior. Lejos de la digna y sabia pobreza de su fundador, asistimos al espectáculo de una organización de toques renacentistas, donde la virtud oficial convive con el vicio furtivo en un cuidadoso manejo de las apariencias. Para tantos que han ofrecido su vida con sinceridad y disciplina, esto debe ser demoledor. Como tantas veces, la voz sensata viene de la Universidad jesuita, en boca de su admirable Rector, quien sí parece tener claras las dimensiones de lo que ocurre y la humildad para asumirlo: Espero que su ejemplo señale nuevos caminos que rescaten lo más valioso del mensaje cristiano: la valoración del pobre, del humilde, del indefenso, del que cree.
Raúl, Si lo que dice CIPER es mentira, queréllate por injurias y calumnias. Si es verdad, asúmelo como hombre e indemniza a la víctima de tus desviaciones con la platada que te cae por la obra literaria de la tía Ester. Pablo Huneeus
Monseñor Zatti por favor limpie nuestra iglesia ya que me da repugnancia como se comporta la cúpula de Iglesia, lamentablemente uno no puede creer en nuestros sacerdotes con todos los sufrimientos de estos jóvenes . Lamento mucho el comentario de Monseñor Medina el es el primero tiene a acatar lo que dice de Vaticano. Para las víctimas todo mi apoyo y respeto por haber hablado y y decir lo que realmente es Karadima las personas que han pasado por esto que hablen no tengan miedo.
Te felicito Juan Pablo,por tu valentía Espero que seas un ejemplo,para que todos los que fueron afectados DENUNCIEN,para que por lo menos podamos salvar a nuestros nietos Maria Ester Elton
La doctrina de la confesión es una de las prácticas más perversas de la iglesia católica romana. Ha sido usada por siglos para manipular a las personas, mantenerlas en temor, y usarlas para satisfacer los bajos instintos de algunos clérigos. Hay miles y miles de personas que nunca más volvieron al confesionario porque el cura comenzó a hacerles preguntas de índole sexual, tanto niños como niñas, y mujeres adultas, han caído presa de estos curas depredadores. No hay nada realmente cristiano en esta práctica, es sólo un instrumento ideológico para mantener a los feligreses bajo control, usando el miedo como instrumento. Es realmente absurdo pensar que Dios necesite intermediarios para perdonar los pecados, al final la persona que desea desarrollar una comunión con Dios termina con una dependencia malévola de un hombre, que abusará de ella si puede. La iglesia católica necesita más que nunca un nuevo Lutero, ¿estaría la jerarquía dispuesta a escuchar y cambiar una ideología perniciosa por un evangelio realmente fiel a sus orígenes?
Que terrible lo que cuentas, Juan Pablo.Tengo fé, pero después de enterarme de tantas cosas a través de este caso, cada día creo menor en la Iglesia Católica. Desconfío de la iglesia, incluso siento rabia con todos los curas que han ido apareciendo en esta inmensa trama, no sólo Karadima, también Ossa, Arteaga, Claro, y Errázuriz, sino que a todos esos curas que por "prudencia" permitieron que estos abominables hechos continuarán ocurriendo mucho tiempo...
De una buena vez en Chile -antes en europa y norteamérica ya se dieron a conocer numerosos casos de abusos sexuales de sacerdotes católicos- se expone la verdad de importantes personalidades de la iglesia católica. Verdad que debe ser reconocida por creyentes y ateos como testimonio de que la religión cumple una función social perversa, excluyente y violenta. De la perversidad no hay dudas, sometimiento y abuso de una figura empoderada y legitimada socialmente; de la exclusión que son víctimas miles de personas que pensando bajo la misma matriz, donde la fe y epifania concentran los argumentos que intentan sustentar la maquinaria orquestada de intereses que hay detrás, intentan sin éxito encontrar respuestas a preguntas simples; y de la violencia que históricamente han ejercitado en campañas, cruzadas y conquistas son reflejo de lo que la iglesia es: una maquina perversa que somete al débil a creer en aquello que no existe y dejar de creer en lo que sí hay, invirtiendo la realidad de manera intencionada y con un sólo propósito, hacer del hombre un insumo más para el éxito de su industria comercial de poder y facticidad. Ojalá se siga explicitando lo que históricamente ha hecho la iglesia en Chile y para ello el relato es fundamental. Gracias por el testimonio.
¡ que tanto odio contra la Iglesia Católica ! Igual el proximo ctaclismo en que salgan los milicos a tomarse el poder todos van a correr como ratas a esconderse en las sotanas de los curas como hicieron en la dictadura Pinochetista. Ah !! curioso, nunca he leído en Ciper denuncias de aberraciones que han cometido "pastores" evangélicos violando niños...y no son "poquitos"...Igual me encanta leer Ciper. Podían hacer una revista. Saludos.-
Estoy contigo.
Si Marcela Paz estuviera viva, escribiría el libro: "Papelucho abusado"
Mientras más cerca de Dios, más lejos de la iglesia. Vade retro satanas...
Dios te bendiga y te ayude a superar ese acto delesnable con la gracia del perdon de Dios , la falta de perdon hace mucho daño (aunque en tu caso tienes mucha razon) , s , Todo abuso a niños es terrible , Pero la cantidad de abusos de niños en nuestros dias es tremenda y no solo de sacerdotes si no de propios familiares directos , cercanos , como por ej la mama que abusaba de su hija de 5 años y la grababa , Dios tenga misericordia de nosotros ,
Creo que hemos sido demasiado pasivos ante esta espantosa realidad, esto que esta sucediendo con los curas afecta gravemente y en forma irreparable a lo mas preciado que tenemos, nuestros niños Por lo menos deberíamos luchar por el fin del celibato para que no sigan proliferando estos curas con tan graves desviaciones Hay que organizarse y crear una organización que podría llamarse Green Peace for child A que se debe que hayan tantas organizaciones "pro" muchas cosas y ninguna pro niños? Es urgente tomar conciencia de este flagelo
yo creo qe no todos los curas son asi pues al igual si deciden escojer su profecion creo qe deeben respetarla