En esta columna, el economista Roberto Pizarro culpa al Estado de empujar a los jóvenes a delinquir y luego encerrarlos como sardinas en cárceles como la de San Miguel, donde esta semana murieron 81 reos en un incendio. A su juicio, los medios de comunicación también son cómplices al fomentar un consumismo sin límites entre los jóvenes de bajos recursos.

Galeano dice que el Estado jamás va preso a pesar que asesina por acción y por omisión. Por omisión, disciplina a los pobres convirtiéndolos en mano de obra barata, sin derecho a sindicalización y negociación colectiva. Mediante la acción, reprime a los jóvenes delincuentes que no encuentran trabajo y que el sistema empuja a robar para comprar las baratijas que publicita la televisión. Así ha sido con los 81 jóvenes muertos, incinerados en la cárcel de San Miguel, atrapados sin salida en una cárcel hinchada de reclusos.
Las desigualdades han multiplicado los robos en nuestro país. Mientras el delito recorre las calles en medio de la opulencia, la respuesta que se instala es cerrar la puerta giratoria, vale decir: todos a la cárcel. En esta especie de guerra contra los jóvenes pobres se llenan las cárceles, mientras el sistema hace vista gorda con el delito a gran escala, es decir: las farmacias que roban a los enfermos, las tarjetas de crédito usureras de los retail, la banca que aumenta sus ganancias gracias a las altas tasas de interés a los pequeños empresarios, escuelas y universidades que educan en la ignorancia. Hay que reconocer que el sistema es el que promueve la delincuencia de los pobres y el Estado, en vez de educar y reducir las desigualdades, no se le ocurre nada más que reprimir y encarcelar.
El robo chico, delito contra la propiedad, es considerado grave. El otro, el robo grande, no le molesta al sistema. Es un derecho de los poderosos. Así las cosas, las cárceles se llenan de jóvenes pobres y los delincuentes ricos viven su impunidad en La Dehesa o San Damián. Hay ricos que aparecen en las revistas de famosos, pero al Estado no le alcanza la plata para “reeducar” a los jóvenes o para tener cárceles dignas. Y todo termina en cárceles inmundas, abarrotadas de presos, donde la delincuencia se multiplica en drogadicción, violaciones, riñas y asesinatos.
La impunidad del Estado alcanza también a los medios de comunicación, especialmente a una televisión, que entra a casas de ricos y pobres. Sus mensajes de violencia y consumismo reproducen el sistema La publicidad cotidiana, de comunicadores de prestigio, se dirige por igual a los pobladores de La Pintana y El Castillo y a los habitantes de Las Condes y Vitacura. A todos les dice que hay que comprar, hay que comprar lo más que se pueda. Los negocios antes que nada.
Una tarjeta de crédito de Paris, Falabella o Ripley resulta imprescindible. Vestir Nike, Armani o Rolex es condición de existencia. Lo recuerdan cada mañana los famosos de la televisión. Quien compra productos de marca tiene prestigio, el resto no vale nada. Por otra parte, esa misma televisión no se refrena con la violencia obscena de golpes, violaciones y ríos de sangre en películas de acción mientras sus programas periodísticos llaman a reprimir la delincuencia urbana. La esquizofrenia lo envuelve todo. Al Estado, los políticos, la televisión, a la sociedad misma.
El llamado a consumir y la violencia televisiva conduce a los desesperados a atacar a quienes lo tienen todo. Y los jóvenes pobres se debaten entre una cultura que exige consumir y una realidad material que se los impide. De esa contradicción nacen el robo y el asalto.
Por su parte, el Estado castiga. En vez de educar, envía a los jóvenes a cárceles atiborradas de reclusos para que allí se amplifique su miseria y persistan en la delincuencia. Presos como sardinas en cárceles africanas. Allí murieron los 81 de San Miguel. Seguirán muriendo en otras cárceles mientras se niegue el derecho a una vida digna a todos los niños. Por ahora el Estado delinque pero no va preso.
*Roberto Pizarro es economista y parte del Grupo Nueva Economía. Ha sido ministro de Mideplan, embajador en Ecuador y decano de la Facultada de Economía de la Universidad de Chile.

excelente columna. me has dado mucho en que pensar.
[...] This post was mentioned on Twitter by ciper chile, miguel espinosa and Violeta, José Castro. José Castro said: http://bit.ly/fOrrHc El robo chico, es considerado grave. El otro, el robo grande, no le molesta al sistema. Es un derecho de los poderosos. [...]
Sin palabras, solo me parece que con columnas como ésta tiendo a darme cuenta que no estoy tan loca! Felicitaciones.
Me parece que el tema planteado merece un análisis más microscópico para evitar en las miradas maniqueístas. Cierto es que el Estado tiene responsabilidades sociales que en el Chile de hoy están al debe en muchas áreas. Pero, me parece que hay que tener cuidado al afirmar que este "Leviatán" estatal persigue a diestra a siniestra a quienes reunen dos requisitos: jóvenes pobres. Al afirmar eso el autor de por sí dar por sentado que todo joven que vive abajo de la Plaza Italia cede rápidamente a los cantos de sirena del consumismo, y, con ello, queda a un paso de la delincuencia. Ese bosquejo de la realidad es solo una parte del problema. El autor omite a los cientos de jóvenes de "escasos recursos" que nunca han delinquido y se han sacado la mugre por salir adelante en la vida llevando una vida honesta. en muchos de esos casos, contradiciendo la tesis del autor, ha sido el mismo Estado, mediante políticas sociales, como el crédito fiscal en su momento, el que ayudó a muchos jóvenes a convertirse en profesionales o técnicos. Así, con todo, propongo que evitemos caer en análisis que se mueven entre el blanco y negro y no reconocen los matices de una realidad compleja.
el estado soy yo -decía Luis XIV- y hoy sigue siendo así, con la única diferencia que el estado somos nosotros mismos, aquellos que nos dejamos engañar, que nos dejamos robar, que nos dejamos seducir por mentiras y falsas palabras. el estado soy yo, y yo hago lo que quiero y lo que me place... y si lo que me place es comprar y ser estúpido, bueno, allá yo. seré estúpido porque así soy feliz. compro, compro, compro, deseo, deseo, deseo. nunca satisfecho, nunca conforme. nunca feliz. ¿Feliz Navidad? díganme eso a mí, que vivo bajo un puente comiendome lo que no alcanzaste porque te emborrachaste y no alcanzaste a terminar el foi gras. amen.
Notable Señor Pizarro, agradecida.
Excelente artículo. Que agrado leer una exposición tan aguda y certera del problema de fondo que subyace a los hechos. Concuerdo plenamente con lo expuesto (aunque creo que hay algunos matices). El colapso del sistema carcelario es uno más de los síntomas de las contradicciones sobre las que se asienta nuestra propia forma de vida. Me parecen muy positiva también la consideración según la cuál nuestras propias valoraciones contribuyen al mal estar vigente porque es algo que uno mismo puede trabajar en la inmediatez y eso (por lo menos) ya es hacer algo para no seguir avalando lo mismo (aunque tampoco sea lo suficiente).
Excelente nota Sr. Pizarro. Absolutamente de acuerdo en todas sus expresiones. Ojalá la sociedad que pide mano dura con los jóvenes,(parece que los jóvenes aún no siendo delincuentes molestaran en todas partes) tomara conciencia que son: Nuestros Jóvenes, contemporáneos de una sociedad adulta que nosotros mismos mal construímos para ellos. Saludos.
comentario digno de la igualdad de corea del norte o de china. La culpa no la tiene el Estado, pues el Estado no puede cambiar la naturaleza humana, donde radica el problema, pues en las sociedades igualitarias tambien existen carceles, y en los casos extremos los Gulag que eran centros de re educacion, donde murieron millones de personas, pues siempre habra elementos que quieran lo que otras personas tienen y usaran la violencia y el delito como forma de obtenerlas. Lo ocurrido en la carcel no es mas que el resultado de la mentalidad de animales de los delincuentes, lo mismo que ocurrio al momento de entregar informacion o al momento de uno de los cortejos funebres, donde la violencia irracional es la forma de vida, y donde la reeducacion no es posible.
Completamente de acuerdo con su artículo pero tenemos posibilidades de defendernos y hay que empezar por algo: Más dañino que una revolución, para el Estado y sus asociados, sería un boicot generalizado y permanente. Gastar el mínimo y no endeudarse con viajes y lujos. Pensar que no importa el “que dirán” si no vivo como los ricos y así las mujeres se quedan en su casa preocupadas de sus hijos. Si un hogar es limpio y organizado no necesita cachureos que se compran porque “estaba en oferta” con la tarjeta, ni piensa que paga el doble. Cuidar los uniformes, zapatos y útiles de los niños para no comprar demás, hasta los cuadernos debieran usarse hasta que se terminan. Economía de guerra y saldremos a flote. Al boicot le temen más que a un balazo. Las redes sociales tienen la palabra, comenzar un boicot permanente de ahorro tendría mejores resultados que una revolución donde mueren los inocentes y pierden los más pobres. Navidad es la ocasión, en los USA ya aprendieron la lección, NO COMPRAN porque la cesantía aumenta a diario. Nosotros en cambio, vivimos como las cigarras, en constante adoración al Marketing, el nuevo Dios de la tierra. Tenemos que organizarnos para darles en los bolsillos, no tenemos otra posibilidad.
De que estado se puede hablar en este país, si esta reducido a una minima expreción, en beneficio de una minoria de titereteros. El problema que existe en la juventud hoy, es producto de la falta de preocupación de quienes los engendrarón, nunca les dedicarón una buena calidad de tiempo, sus responsabilidades que pudierón ser de padres las dejaron en manos de otros y en cuanto a la educación que comienza en el hogar jamas le dedicarón tiempo, hoy por hoy, la juventud no sabe ni tomar una cuchara correctamente en una mesa, esto es en todos los estratos sociales y no culpa de los gobiernos. A los gobiernos les combiene este tipo de seres, productos de un momento de deseo y fornicación, sin ningun tipo de responsabilidades, por lo tanto florese una juventud sin muchos afectos,educación en todo sentido e incultos, que queda a merced de los titereteros, que les crean cualquier cantidades de necesidades superfulas, para suplir aquellas que jamas recibieron de quienes los procrearón. El rol del mini estado del país Chile, que seria velar por sus ciudadanos esta a la altura del ulpo.
Muy buena columna, señor Pizarro, pero hay algo contradictorio -al menos en apariencia- en ella: Usted formó parte del mismo Estado castigador que hoy critica.
Sr. Pizarro Los gobiernos y los Estados son una construcción de los mismos ciudadanos para vivir mejor y en comunidad. Por otra parte, los gobiernos los eligen los ciudadanos democráticamente en elecciones libres donde se conoce el propósito general de los candidatos. En consecuencia, es extraño que Usted haga ver que el Estado es perverso en perseguir a los jóvenes. Se equivoca rotundamente en su análisis. Sin estado y sin gobierno, la vida sería una anarquía total, donde el crimen prevalecería. Por lo tanto, me parece que induce Usted totalmente a error en su opinión. Diferente es que las autoridades de los gobiernos no desarrollen las mejores políticas en educación, justicia, desarrollo, etc. Pero lo mismo se puede decir de las familias que no se responsabilizan adecuadamente de sus hijos. Y lo mismo se puede decir de los jóvenes que no asumen su cuota de responsabilidad. Porque creer que la clave para el desarrollo personal y para evitar caer en la delincuencia está en lo que haga el Estado o un tercero, es negar la propia esencia de la libertad y el libre albedrío humanos. Cada uno toma sus decisiones. Y si uno observa la población, ¿que porcentaje está en las cárceles? No lo sé. Pero digamos que sea el 1% de los chilenos, es decir, aprox 170.000 personas que delinquen. Si desea aumentemos la cuota al triple, una exageracion, es decir 540.000 chilenos delincuentes. Entonces Sr Pizarro, siguiendo su razonamiento, el Estado que usted critica ha sido sumamente exitoso porque permite que el 97% de los chilenos sean honestos, honrados, trabajadores y responsables de sus actos. No creo que sea así. Es decir, si un 97%, 98% o 99% de los chilenos no roban, es porque se hacen responsables de su vida. Es por decisión propia. No tiene que ver con el nivel de vida social o económico que uno tenga. Ese porcentaje de delincuentes está en todos los niveles de la sociedad. Y la bondad y la rectitud también está en todos los niveles sociales. Sugiero que mejoremos con nuestros actos la vida en la comunidad, pero no ataquemos al Estado que nos une.