A 18 años del secuestro de Cristián Edwards, CIPER revela detalles hasta ahora desconocidos de uno de los episodios que marcaron la transición. El relato del cautivo –ex presidente de la División de Servicios Noticiosos de The New York Times y ahora vicepresidente de El Mercurio- y los graves conflictos personales entre sus celadores que hoy revelan ex miembros del FPMR, son algunas de las nuevas piezas del puzzle. “Varias veces me escapé en sueños. Otras fui liberado con intervención de sirenas y helicópteros”, declaró Edwards al recuperar la libertad. Tras vivir durante cinco meses en una “caja” de tres metros por dos, recordó que se aseaba con una olla, que lo sedaban y que sufría alucinaciones, calambres y temblores: “Me tironeaba los pelos de la barba para arrancármelos”. El encierro también afectó a uno de sus celadores, que fue amenazado de muerte cuando se decidió a abandonar la casa-retén. Su deserción, dada a conocer por un informante al gobierno, fue la primera prueba de que el FPMR estaba detrás de la operación.

Pasadas las nueve de la noche, tras dejar el ascensor y comenzar a caminar por los estacionamientos públicos de calle Coyancura, aledaños a su oficina en Providencia, Cristián Edwards los vio. Tres hombres jóvenes en torno a un auto blanco. Los vio y no le llamó mayormente la atención hasta segundos después, cuando se disponía a entrar en su auto y escuchó un taconeo acelerado a sus espaldas. Entonces giró y volvió a verlos: los tres se le venían encima y uno de ellos le apuntaba a la cabeza con un revólver.
“Yo pensaba que me iban a robar la billetera, o algo así, así que levanté las manos”, dirá cinco meses después el hijo del dueño de El Mercurio, a pocas horas de su liberación, en un testimonio a la policía que ha permanecido inédito. “No alcancé a gritar nada… dos de ellos me amarraron, me pusieron una capucha plástica, me amarraron cables y entre los tres me dieron vuelta, me agarraron y me metieron al auto que estaba estacionado”.
El caño de un revólver fue prácticamente lo último que vio del mundo exterior ese año. Era el 9 de septiembre de 1991 y el entonces gerente de Diarios Regionales de El Mercurio y desde julio de este año vicepresidente ejecutivo de esa empresa, considerado el sucesor natural de Agustín Edwards Eastman, viviría a partir de esas horas y por los próximos 145 días en lo que él llamó “la caja”. Una ratonera de dos por tres metros, sin ventanas ni aire fresco ni compañía, en la que estaba expuesto casi permanentemente a música estridente, luz artificial y a la vigilancia de sus celadores que lo observaban desde el exterior mediante visores.
Jamás, en los cinco meses siguientes, salió de ahí. Jamás le vio la cara a otra persona. Si tenía algo que decir, debía escribirlo. Si daba un paso, topaba con una pared. Si mostraba signos de orientación, volvían a doparlo con medicamentos que consumía junto a las comidas y le alteraban las rutinas. “La idea era volverme loco”, resumió en la declaración policial del 1 de febrero de 1992. Cinco días después, ante el juez Luis Correa Bulo, daría una cuenta más extensa del cautiverio que sufrió a manos de un grupo del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) y cuyos pormenores hasta ahora nunca habían salido a la luz pública.
A 18 años de ocurrido el hecho, y cuando su protagonista acaba de dejar la presidencia de la División de Servicios Noticiosos de The New York Times y se prepara para asumir la dirección de El Mercurio, acudimos a testimonios y documentos inéditos para recrear el secuestro que marcó la transición política chilena.
ALUCINACIONES Y ATAQUES DE NERVIOS
Aunque vivió dopado buena parte de su cautiverio, Cristián Luis Edwards del Río -quien entonces tenía 33 años- recordó con precisión que al interior de “la caja” contaba con un pequeño baño químico de madera que le llevaban y vaciaban cuando querían. Y que dentro de esa misma caja debía comer y asearse con una jarra y, en el mejor de los casos, con una olla con agua. No siempre le permitían lavarse los dientes. Recordó también que dormía poco y nada en el catre de campaña que sólo le dejaba un pasillo de 40 centímetros de ancho para caminar, y que permanentemente sufría alucinaciones, calambres, vómitos, temblores y ataques de nervios.
“Me tironeaba los pelos de la barba para arrancármelos, me bajó un tiempo por eso”, dijo Edwards ante el juez. “Pasaba por periodos de colitis o diarrea y por otros de estreñimiento. Tuve dolor de garganta, los oídos me retumbaban, veía doble muchas veces. Jamás, no obstante, ensucié la caja”.
Las condiciones del encierro eran tan duras que en un momento mostró signos de agonía. Sus captores incluso pensaron que moriría y le llevaron un médico o enfermero de confianza del FPMR para que lo examinara. Ya estabilizado, si es que se puede estar estable en esas condiciones, volvió a lo que Edwards describió como un estado de “imágenes furtivas” y “fenómenos extraños” que marcó su encierro. Es por eso que al término de la primera de tres declaraciones ante el juez Correa Bulo, que oficiaba de ministro en visita, Edwards creyó necesario volver sobre este último punto:
“Quiero advertir, antes de terminar esta primera parte de mi declaración, que durante mi prisión imaginé y soñé tantas cosas, que aún hoy hago esfuerzos por discernir entre el mundo de la realidad y el de la fantasía. Varias veces me escapé en sueños. Otras fui liberado con intervención de sirenas y helicópteros; tenía a veces totalmente claras las circunstancias de mi secuestro y liberación y me resultaba lógica la participación de numerosos protagonistas. Es por ello que advierto a ustedes que todo lo que aquí consigno obedece a un esfuerzo personal por dejar de lado cuánto responde a la fantasía o cuánto no se concilie con la lógica. Puede que tales confusiones se deban, a lo mejor, a pastillas que me suministraban o a reacciones propias de la mente. Si se me hubiera interrogado dos o tres días atrás, habría revelado como datos ciertos muchos de esos absurdos. Así me imagino”.
VIDA AMERICANA
Para septiembre de 1991, cuando fue secuestrado a la salida de su oficina, Cristián Edwards enteraba un año y medio viviendo en Chile y aún no se acostumbraba del todo. Algunos testimonios apuntan a que no estaba a gusto en el país ni en su trabajo. Es más: en esos días pensaba seriamente en dejar la gerencia de Diarios Regionales de El Mercurio y volver a Estados Unidos, donde llegó a vivir en 1969 junto a su familia, a los pocos días de que Salvador Allende resultara electo Presidente. Allá había estudiado y trabajado. Allá tenía amigos, amigas y una novia, Marla Grossman, que al ser entrevistada por agentes del FBI dijo que en 1990 Edwards “habría vuelto a Chile por la presión de su familia para trabajar en el diario”.
Una percepción similar tuvo Carla Brown, una de las amigas del ejecutivo a quien el FBI tomó declaración en Estados Unidos a los pocos días de ocurrido el secuestro. “Brown informó que Edwards no quería moverse a Chile”, se lee en el informe del FBI. “Tampoco quería dejar Estados Unidos, país en el cual él creció muy acostumbrado. Sin embargo, Edwards sintió una gran presión de la familia para volver a Chile e ingresar a los negocios de ésta (…) Brown no cree que él estaba contento con su decisión”.
Agustín Edwards Eastman entregó una opinión diferente en su primera declaración judicial: “Vino a trabajar a Chile porque en realidad su último trabajo en Estados Unidos, que era la corporación de seguros, no le agradaba”.

Las primeras diligencias policiales estuvieron orientadas a despejar las dudas sobre la desaparición del ejecutivo. No se descartaba la posibilidad de que hubiera abandonado el país voluntariamente y sin previo aviso. Tampoco que hubiese protagonizado un autosecuestro. “No veo para qué o con qué objeto mi hijo Cristián hubiera hecho una cosa de esta naturaleza”, dijo Edwards Eastman en la misma declaración. “Si no hubiera deseado seguir trabajando en la empresa creo que tiene la personalidad suficiente para habérmelo hecho saber. Además, no era la primera vez que dejaba de trabajar en la empresa”.
En 1979, recién graduado del Amherst College, en Massachussets, vino a trabajar a El Mercurio donde permaneció por dos años. Al regresar a Estados Unidos fue empleado en el departamento de marketing de Pepsi, la misma firma de la que fue ejecutivo su padre cuando salió de Chile a raíz de la elección de Allende. En 1983 siguió un MBA en Filadelfia y dos años después trabajó en la compañía de seguros que mencionó su padre.
La mayoría de sus cercanos coincidieron en que se trataba un hombre sano, equilibrado, inteligente y sensato, además de reservado y celoso de su privacidad. Pese a la posición económica y social de su familia, coincidieron también en que llevaba una vida independiente y austera, sin grandes lujos. Como cualquier hijo de vecino en Estados Unidos, mientras era estudiante acostumbraba a trabajar los veranos. Le gustaba practicar jogging y deportes náuticos y de montaña. Y sobre política chilena mantenía una posición distante y ambigua.
Al respecto su novia de entonces dijo que en los años 80 Edwards “tampoco tenía alguna adhesión política, ya sea de derecha o izquierda”. Su amiga estadounidense lo definió “rígido en sus creencias conservadoras” y sin “grandes convicciones políticas”. Y un amigo en Chile afirmó en la investigación que “en materias políticas era muy pragmático y crítico, demostraba preocupación por no existir un gobierno democrático en Chile pero a su vez criticaba los excesos de la Unidad Popular”.
LOS CELADORES
A principios de abril de 1991, seis meses antes del secuestro, María Fernanda Eyzaguirre pasó por la casa de Cristián Edwards en Vitacura. Ambos eran antiguos amigos y habían quedado de salir a cenar esa noche. A ella le llamó la atención que la esperara en la puerta de la casa y él le explicó que al frente había un mini estacionado con dos ocupantes que le parecían sospechosos. Pero más le llamó la atención que su amigo no hiciera nada al respecto, más aún creyendo que se trataba de las mismas personas que poco tiempo atrás habían entrado a robar a su casa.
Más tarde, ante un juez, Eyzaguirre recordó que le propuso a Edwards anotar la patente del auto, pero éste se mostró resignado, acaso displicente: “Me indicó que no era necesario porque seguramente se trataba de un auto robado”.
Más allá de que ese mini blanco haya tenido relación con el secuestro, es un hecho que para entonces el ejecutivo ya era objeto de seguimientos por parte del FPMR. Rafael Escorza, el hombre que prestó la casa en Macul que habitaba con su pareja y el hijo de ésta para el cautiverio de Edwards, hoy afirma que la operación estaba programada para mediados de año. La “caja-cubículo” ya estaba construida para entonces y los celadores, acuartelados, prestos para recibir lo que llamaban “el paquete”. Sin embargo, cuando estaban próximos a actuar, el ejecutivo de El Mercurio se fue de viaje a Estados Unidos.
Escorza accedió a hablar con CIPER a 17 años de caer detenido. Su participación en el secuestro de Cristián Edwards le significó pasar 11 años en prisión hasta que en septiembre de 2003 obtuvo el beneficio de la salida dominical. Era uno de los más antiguos militantes del FPMR, donde se lo conocía como “el Viejo”. Tanto para él, como para otros integrantes del FPMR con los que habló CIPER, el secuestro marcó un hito cuya reconstitución obliga a remontarse al inicio.
La operación se había puesto en marcha poco después del asesinato de Jaime Guzmán, senador y líder de la UDI, y en ella participarían varios protagonistas de esa acción liderados por “Ramiro”, alias de Mauricio Hernández Norambuena.
Como jefe de la casa-retén a la que llegaría Edwards, “Ramiro” eligió a “Rodolfo”. Cinco años atrás habían coincidido en el frustrado atentado al general Pinochet. “Rodolfo” era un tipo alto y corpulento. Por eso algunos también lo llamaban “Rambo”: venía llegando de una larga estada en Cuba, previo paso por Vietnam y Nicaragua, donde combatió a la Contra. “Rodolfo” tendrá mando sobre Maritza Jara Hernández, que simularía ser la empleada doméstica de la casa y cumpliría labores de enlace y seguridad; y también sobre los dos celadores: Florencio Velásquez Negrete y Ricardo Palma Salamanca. Estas últimas dos designaciones generaron un problema de equilibrios.
Un antiguo combatiente del FPMR, que conoció de cerca la operación y a sus protagonistas, dice hoy que “Ramiro” cometió un error al designar a Palma como jefe de Velásquez. Era una afrenta a la trayectoria. Velásquez provenía de Valparaíso y era un antiguo conocido de “Ramiro”. Había tomado parte del secuestro del hijo de Manuel Cruzat y llegó a dirigir al FPMR en la Quinta Región, donde cayó detenido en 1987. Tres años después fue uno de los 50 fugados de la cárcel Pública de Santiago. En ese entendido no era cualquier subversivo. Tenía roce y no soportaba estar bajo la autoridad de “Rodolfo” y menos de Palma, entonces de 22 años, a quien consideraba un “pendejo hiperkinético” y “recién llegado”.
Esto último en parte era cierto, pero en dos años Palma había hecho mucho más que el otro. “El Negro” Palma había pasado a la historia al disparar contra el oficial de la Dipolcar (Dirección de Inteligencia de Carabineros) Luis Fontaine, contra el general Gustavo Leigh y contra el senador Guzmán.
Había un problema adicional relacionado con los mismos personajes. Ni Palma ni “Rodolfo” toleraban el encierro prolongado. Palma era inquieto por naturaleza, pero Velásquez había pasado tres años en prisión. Es por eso que desde antes de la llegada de Edwards a la casa-retén, mientras permanecía acuartelado, Velásquez comenzó a manifestar deseos de abandonar su tarea. Sus protestas fueron crecientes y llegaron a ser motivo de roces y desaciertos que lo pusieron en la mira de sus propios compañeros.
EL BUENO Y EL MALO
A Cristián Edwards le costó caer en la cuenta de lo que pretendían con él. Lo habían paseado en la maleta de un par de autos sin decirle más que “silencio, callado, que no te va a pasar nada”. Después lo cambiaron a un furgón y finalmente lo cargaron dentro de un saco hasta un cuarto donde le dijeron que se mantuviera de pie frente a una pared, antes de que le sacaran el saco y la capucha y le cerraran la puerta por fuera. La música ya había empezado a sonar fuerte al interior de “la caja”.
Sonaba desde un parlante pequeño instalado en una pared del cuarto. Al otro costado había una ampolleta de luz intensa, probablemente un reflector encendido en su máxima potencia. Junto al catre había una tabla que hacía las veces de mesa, donde comería en cubiertos de plástico y escribiría mensajes a sus captores con los papeles y lápices que le entregaban.
“La caja” era un cubículo de madera y volcanita, cuyas paredes estaban recubiertas por bandejas de huevos para aislar el ruido. La habían construido dentro de uno de los dormitorios de la casa DFL2 que el matrimonio Escorza San Juan arrendaba en el pasaje Poeta Vicente Huidobro 3718-1. El piso de la “celda” estaba cubierto por una alfombra verde, la que se humedecía cuando el cautivo se lavaba con una jarra y una olla. Su ropa -un traje gris y camisa azul- fue reemplazada por un buzo. En una de las paredes estaba pegada una hoja con una lista de instrucciones:
-No hacer ruido.
-Pararse de frente contra el muro cuando la luz se encienda y apague.
-Al terminar de comer dejar la bandeja en el suelo.
-Comunicarse a través de papeles.
En una de las primeras notas que envío al exterior pedía que por favor le bajaran la música y la luz:
“La música se mantuvo casi siempre a un volumen enloquecedor, así como la luz a veces enceguecedora. Me cubría los ojos y me tapaba los oídos. La luz pasaba encendida mucho tiempo, no respetaba mis dormidas”, declaró Edwards ante el juez. “Yo no sabía si alguien estaba cambiando el dial o si estaba grabada. Pero muchas veces interrumpían, porque comenzaba una canción y la cortaban para poner otra. Ciertamente, la música así empleada era un método de tortura”.
Edwards relató que a partir de la primera noche lo vigilaban por los visores para constatar qué música le disgustaba más y así repetírsela. Y recordó que los primeros días casi no probó alimento ni durmió. Y que el aire era tan escaso y asfixiante que a las pocas horas de su llegada a “la caja”, preso de un estado de shock, cayó desmayado. “Ahí me abrieron la puerta y dejaron que entrara aire”.
La puerta era una abertura de cerca de un metro cuadrado por la que había que entrar gateando. Por ahí ingresaban los alimentos, el baño químico y, en algunas ocasiones, alguno de los únicos dos celadores que tenían autorización para dirigirle la palabra al secuestrado.
Uno era Ricardo Palma, “el Negro”, que representaba el papel del celador bueno. El otro era “Rodolfo”, el jefe de la casa-retén, que oficiaba de malo. “El Negro” se mostraba comprensivo, atento, y animaba al secuestrado prometiéndole que hablaría con su jefe para sacarlo por unos minutos al exterior de “la caja”. Al rato llegaba “Rodolfo” y decía que por ningún motivo, que cómo se le ocurría, ni una posibilidad. Esto es un secuestro, no vacaciones, hacía saber.
OÍDOS DE LA OFICINA
Rafael Escorza, el hombre que prestó la casa para el cautiverio de Cristián Edwards, dice hoy que “una operación así tiene complicaciones desde su inicio” y que ésta “no fue la excepción”. Dice además que las mayores dificultades no provinieron del ejecutivo de El Mercurio, a quien define como un secuestrado “obediente” que “siempre cumplió con las instrucciones”, sino de los celadores.
Lo primero fue un accidente. Cuando cambiaron por primera vez a Edwards de auto, en las cercanías del lugar donde lo raptaron, al Negro Palma se le escapó un tiro que fue a dar en su pierna. No sólo hubo que buscarle asistencia médica, sino también reemplazante en la casa-retén. Su lugar fue asumido por “Emilio”, alias de Raúl Escobar Poblete, que había participado en los mismos hechos de sangre que Palma. De cualquier modo fue un cambio transitorio, de emergencia. A las pocas semanas “el Negro” asumía su papel de celador bueno.
El segundo problema ya fue más serio. Florencio Velásquez, el otro celador, empezó a mostrar indisciplina. Al comienzo fueron “tonteras”, según las describe Escorza: incumplía horarios, tenía mal modo y exigía que le lavaran los calzoncillos, en circunstancias de que los residentes de la casa-retén debían lavar su ropa interior. Después empezó a quejarse por todo y desafiaba a la autoridad. Finalmente, tal como había ocurrido en los días de acuartelamiento, volvió a amenazar con que iba a abandonar la casa.
En ese estado de cosas no quedó otra que llamar a “Ramiro”.
Dice Escorza que “Ramiro” no acudió una sino dos veces por el problema con Florencio, y en las dos aseguró haberlo hecho entrar en razón, recapacitar. Pero unos días después de la última visita, Florencio Velásquez volvió a decir que se iba. Estaba decidido. Se iba a como diera lugar. El problema era que “Ramiro” había salido de Chile. Hubo que organizar una junta de emergencia entre los integrantes de la casa-retén, junta de la que no participó Velásquez, y fue entonces que el Negro Palma propuso una solución:
-Hay que “bajarlo” -dijo-, este huevón no se puede ir. Si se va, lo “bajamos”.
Dice Escorza que “el Negro” se mantuvo firme en su decisión, pero fue “Rodolfo” quien lo retuvo: “Rodolfo dijo Ya, Ramiro no está y voy a tomar una decisión y la decisión es que se vaya, lo mandamos a una casa de seguridad y ahí que lo controlen hasta la vuelta de Ramiro. Hubo una discusión con el Negro y al final se impuso Rodolfo”.
A Florencio lo sacaron caminando, de noche, con lentes oscuros y mirando hacia el suelo para que no entregara información ante la eventualidad de que cayera en manos de la policía. Al igual que el Negro y el propio Edwards, había llegado a la casa sin que pudiese identificar su ubicación. Al salir, lo pasearon durante una hora y media y lo dejaron en avenida Grecia. De ahí se dirigió a una casa de seguridad, a la espera de “Ramiro”.
Fueron varios en el FPMR quienes lamentarían esa decisión, incluido el propio “Rodolfo”. El caso trascendió las fronteras de la casa-retén y llegó a oídos de la Oficina de Seguridad Pública del Ministerio del Interior, el organismo creado en el gobierno de Patricio Aylwin para combatir la subversión tras el asesinato del senador Guzmán. Fue a fines de septiembre de 1991, a tres semanas de iniciado el secuestro, que “La Oficina” supo que el FPMR estaba detrás de la operación. Hasta entonces sólo había conjeturas sobre los autores. En su declaración judicial, el secretario de “La Oficina”, Marcelo Schilling, hoy diputado socialista, confirmó que La Moneda fue alertada por un informante.
Un informe de “La Oficina”, adjuntado al proceso, reportaba que Florencio Velásquez, a quien identifica como “Julio”, “formaba parte del grupo de protección en la casa donde está secuestrado Cristián Edwards” y que “fue destituido en una reunión realizada en la misma casa”. Agrega que “el jefe de las casa es un hombre débil de carácter y permitió que Julio se fuera desarmado”.
Poco después, por medio del mismo informante, “La Oficina” se enteró de que los propios compañeros de Velásquez le habían perdido la pista. Lo llamaban “desertor”.
Era un momento crítico. Las negociaciones por el rescate estaban estancadas y la familia Edwards, contraviniendo las exigencias iniciales de los secuestradores, no sólo había alertado a la policía chilena, sino también al FBI. Se preveía un proceso largo y agotador del que Cristián Edwards no se sustraería, pese a seguir preso de alucinaciones y tormentos al interior de “la caja”.
Próximo capítulo: los detalles de la negociación y el rescate.

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Excelente reportaje.
Esta primera parte del relato no hace si no confirmar lo infiltrado que estab el FPMR.
Desde que empezó la dictadura supe que mi opción no sería la violencia. Esto porque no quise que Pinochet fuera capaz de destruirme hasta el límite de convertirme en alguien tan despreciable como él mismo. Me horroriza lo que hicieron con Edwards.
Este FPMR es el mismo al que adscribió en su época nuestra Presidenta CLAUDIA.....
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Los encrgado de los DDHH deberian morirse de verguenza.En el caso del secuestrado creo que se portó como un héroe y le encuentro toda la razon para que no quiera vivir en Chile. Este relato debería publicarse para que lo lean todos los chilenos que creen en el viejito pascuero,sobretodo hoy frente las elecciones presidenciales.
Los secuestradores merecian la pena de muerte ya que es el crimen mas horrendo. Seguro que todos anda vivitos y coleando y exijiendo respeto a los derechos humanos
Increíble, parece de película. no se como esa gente puede estar libre.
Estimados... Sin duda es un horror el que alguien sea secuestrado... más aún si no es devuelto con vida... en este caso no fue así, pero creo que nuestros comentaristas antes de dar opiniones superfluas y sin identificación (wencho) acerca de los motivos del secuestro o de quienes o no pertenecían o participaban en el FPMR, deberían leer el informe Rettig o el informe Lagos, o muchos otros documentos oficiales donde se detallan los horrores y las torturas a las que fueron sometidos muchos chilenos y por muchos años y que además no tuvieron la suerte de tener un apellido destacado, que no se condice con los pocos meses de secuestro que tuvo el señor edwards y en los cuales -según se lee en este capítulo-, el único tormento al que fue sometido era una radio prendida a todo volúmen ...
Muy bajo el nivel de los comentarios. Esperaba más de los lectores de CIPER. Este es un caso de secuestro, sin resultado de muerte ni mucho menos de desaparición (eufemísticamente: secuestro permanente), en el cual la agonía de la familia se prolonga indefinidamente. ¿Pena de muerte? Un invento jurídico propio de dictaduras, no de una democracia, en la cual torturadores y asesinos han recibido penas de cárcel, y sí están vivos y "coleando". Las condiciones de un secuestro son de por sí inhumanas, pero más lo son cuando los captores se ensañan y torturan, dejando secuelas físicas y psíquicas muchas veces incurables. En este caso, la tortura que sufrió el secuestrado fué el aislamiento, la pérdida de la orientación y el agotamiento, nadie metió ratas en su cubículo ni le tocó un sólo pelo. Los derechos humanos de Edwards y su familia fueron violados, pero las cosas terminaron bien para ellos. Algo muy distinto fué el destino de miles de opositores a la dictadura. El FPMR y la DINA-CNI no fueron la misma cosa, por si alguien lo duda. Vamos, a leer con inteligencia la segunda parte, porque da lata tener que explicar obviedades.
Nada justifica este delito tan horrendo , no puede minimizarse aludiendo a las atrocidades de la dictadura,pués se está cayendo en el mismo proceder que se critica. Cavernarios el canibalismo no se combate comiéndose al caníbal.
Trabajaba como periodista en la Crónica de El Mercurio de Valparaíso, donde Cristián tenía su oficina y era director de Diarios Regionales. Me enteré que estaba secuestrado sólo un mes antes de su liberación, así como otros. Creo que el silencio y respeto que mantuvieron todos los medios para no publicar ni una palabra sobre el caso, le salvó la vida a Cristián, mientras se realizaban las diligencias sobre su rescate. Ese "pacto" de silencio es lo más extraordinario que me ha tocado vivir en el periodismo.
Conozco esa historia desde dentro. Participé en las tareas que nos llevaron al comando del FPMR, pero en general, diría que tiene muchos otros entretelones sabrosos. Efectivamente el error del comando fue la salida integrante desde el "retén" y el ingreso de otro que tenía antecedentes previos "palito". Esta historia tiene muchas otras aristas que van más allá de la sola investigación policial. Barraza fue el genio y figura de todo ésto y el tiempo le ha dado la razón, el "viejo" se jugó su carrera y esta operación fue el principio del fin del FPMR. Tuvo y tiene alcances políticos importantes. Sé que "Ramiro", en cierto modo, siente un profundo respeto por el "viejo" y los que le estuvimos respirando en la nuca. Nuestro trabajo fue inteligente y eso permitió la desarticulación en Chile del FPMR, pero también sabemos que son internacionalista y que siguen operando desde el exterior. Si Jorge Barraza Riveros no fuera chileno o si estos hechos hubieran ocurrido en otro lado, el "viejo" no tendría la categoría de "TABÚ" al interior de su institción. La democracia y su institución están en deuda con él. Pero estamos en Chile no más. Gracias.
Así como alguien dice que sería bueno haber leido los informes Rettig y Vallech para saber los horrores cometidos en el pasado y que en realidad lo ocurrido a Edwards es "un pelo de la cola". Utilizando ese mismo argumento podríamos decir entonces que el comando del FPMR se debe dar con una piedra en el pecho, porque cinco años antes habrían muerto todos. Eso sigue hablando bien de la policía chilena y de su actuar profesional.
Me parece que algunos comentaristas pretenden justificar todo con los actos criminales cometidos por los militares en la dictadura, pero un secuestro a una persona inocente no se justifica con ningún medio ni fin. Es penoso leer que algunos chilenos opinen a favor de este secuestro justificando lo injustificable....
Gracias CIPER por mantener viva la investigación.
Srs.: Juanes Cuevas y Diaz: Esos informes oficiales que uds., mencinan están construídos sobre la base de mentiras, los hechos se sustentan en puras suposiciones no probadas y el delito ese del Secuestro Permanente es una falacia, no existe. He visto el caso de ex militares procesados por Secuestro, por el solo hecho de que alguno trasladó a un detenido desde una comisaría a un regimiento y del individuo nunca más se supo, el carabinero o soldado procesado y/o condenado alega, efectivamente trasladé a esa persona, pero después no supe qué pasó con él, lo entregrué en el regimiento. Como sólo se tiene noticia que éste es el último que tuvo contacto con el desaparecido, procesado y/o condenado por Secuestro (Permanete) o sea el pobre paco o milico razo de aquel entonces, lleva 36 años con el desaparecido en su casa, alimentándolo, vistiéndolo y tratando de que no se escape. Pero los jueces de pacotilla jamás le han allanado la casa en busca del escondite al milico, el tunel o el cuarto secreto donde lo ha tenido por casi 37 años, nunca han interrogado a los hijos, vecinos, ni han mandado a hacer ninguna diligencia tendiente a encontrar en poder del secuestrador al inocente desaparecido. Esa es vuestra igualdad ante la Ley, en la Reforma Procesal Penal esos hechos no dan ni para archivo provisional, ni siquiera para abrir una carpeta de investigación, en tanto que los asesinos de carabineros, militares y detectives, están todos libres y los hechos ocurrieron del 90 en adelante. De los casi 200 detenidos por hechos de sangre del Mapu Lautaro, quedarán diez presos, de los del Frente y/o Mir otros diez. Y uds., quieren condenar a perpetua a los que hace 37 años atrás se supone que algo tienen que saber. Eso no es justicia y como lo sufrido por Edwards no le pasó a uno del color de uds., es irrelevante. Váyanse todos a Cuba.
A Juan Díaz y Juan Cuevas: Al primero, por favor no usar el mencionado informe Rettig o el Valech como medio para acreditar los hechos de violencia y tortura durante el régimen militar. Todo el mundo sabe, algunos lo negaran, que dichos informes no son del todo verídicos ya que ambas comisiones fueron conformadas únicamente por gente ligada a la izquierda de este país, no hubo ni una persona de derecha que participara en la elaboración de dichos informes. Al segundo, tal como muchos dicen que no se debe justificar bajo ninguna razón la perdida de la democracia, tampoco bajo circunstancia alguna se debe justificar los actos de terrorismo ya sean foraneos o internos. El FPMR es un grupo terrorista que se escudó en los problemas políticos de nuestro país.
Excelente reportaje de Ciper, muy bien escrito, con pluma ágil y antecedentes objetivos. Cautivante episodio de la historia negra de nuestro Chile, o como dice Gonzalo Peralta nuestra "Historia Nacional de la Infamia". Quedo a la espera de la segunda parte. Felicitaciones a los colegas.
Todo secuestro es repulsivo. Jamás podrá haber argumento racional ni moral alguno que lo justifique. Pena única para un secuestrador o terrorista: Pena de Muerte.
Los bandidos del FPMR debieron haber sido fusilados. Este fue un acto criminal. Que decia en ese momento el Juez Guzman, la vicaria? Nada. Que le haria usted a alguien que rapta a su hijo? Esto va para todos los que cometen este tipo de actos.Todos.
Y la compañera Claudia les tiene buenos sueldos a estos trabajadores sociales (terroristas), los derechos humanos funcionan para ellos, lo cual les permite matar, destruir y hacerle la vida miserable a millones de chilenos. Existe una incongruencia en todo esto, en las poblaciones tenemos gente isquiedista que jamas a trabajado y tiene buenos vehiculos buenas casas y generalmente un buen pasar, como lo hacen? no se, solo se que la mano de estos gobiernos concertacionistas esta detras de ello. Ojala tengamos un cambio luego. Gracias por su reportaje.
Juan Balmaceda dice acá que los del FPMR debían haber sido fusilados por el secuestro..., pues siguiendo la lógica de Juan, Pinochet debería haber sido fusilado también, así como la directiva y otros tantos de la DINA, la CNI, muchisimos generales y otros oficiales militares, carabineros, etc... en fin todos aquellos que participaron directamente o fueron autores intelectuales de miles de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos durante la dictadura militar. Cierto? Asimismo deberían haber severas penas para todos los que participaron de horrendas torturas cometidos a prisioneros y prisioneras políticas de la época... Juan ¿y qué pena crees se merecen los que torturaron a menores de edad? ¿Y los que torturaron a mujeres embarazadas? A veces el feto no logró sobrevivir los tormentos aplicado, a veces la madre tampoco. Muchos hechos reconocidos hasta por los mismos militares.
Conozco esa historia desde dentro. Participé en las tareas que nos llevaron al comando del FPMR, pero en general, diría que tiene muchos otros entretelones sabrosos. Efectivamente el error del comando fue la salida del integrante desde el “retén” y el ingreso de otro que tenía antecedentes previos, “PALITO”. Esta historia tiene muchas otras aristas que van más allá de la sola investigación policial. Barraza, para nosotros el “VIEJO”, fue el genio y figura de toda la operación policial y el tiempo le ha dado la razón, él se jugó su promisoria carrera y esta operación fue el principio del fin del FPMR. Tuvo y tiene alcances políticos importantes. Sé que “Ramiro” y los demás, en cierto modo y a pesar de todo, siente un profundo respeto por el “VIEJO” y los que le estuvimos respirando en la nuca, así como yo tengo sentimientos encontrados con ellos. Nuestro trabajo fue inteligente y eso permitió la desarticulación en Chile del FPMR, pero también sabemos que son internacionalistas y que siguen operando en él y desde el exterior. Si Jorge Barraza Riveros no fuera chileno o si estos hechos hubieran ocurrido en otro lado, el “VIEJO” no tendría la categoría de “TABÚ” al interior de su querida institución. La democracia y la PDI están en deuda con él. Pero, lamentablemente estamos en Chile no más. Así como alguien dice que sería bueno haber leído los informes Rettig y Vallech para saber los horrores cometidos en el pasado y que en realidad lo ocurrido a Edwards es “un pelo de la cola”. Utilizando ese mismo argumento podríamos decir entonces que el comando del FPMR se debe dar con una piedra en el pecho, porque cinco años antes. Eso sigue hablando bien de la policía chilena y de su actuar profesional.
Me encantó esta crónica....está muy buena! Se hecha de menos esto en la prensa nacional.
Felicitaciones por el premio: es un gran reportaje!
Esto último en parte era cierto, pero en dos años Palma había hecho mucho más que el otro. “El Negro” Palma había pasado a la historia al disparar contra el oficial de la Dipolcar (Dirección de Inteligencia de Carabineros) Luis Fontaine, contra el general Gustavo Leigh y contra el senador Guzmán. Donde dice "disparar" debe decir ASESINAR. Saludos.
Que paguen los culpables
creo que nuestros ultimos 37 años de historia han despertado todo tipo de odios.Por el Sr.Edwards se pago un rescate,por los desaparecidos y secuestrados se pago con sus vidas.Ninguna de ambas situaciones son justificables,son echos propios de paises tercer mundistas,y subdesarrollados.
El reportaje sobresaliente!! Las reacciones de la mayoría de los opinantes es inteligente y equilibrada. Lástima que estén "los de las puntas" que quieren justificar lo injustificable... No hay dictaduras de derecha ó de izquierda, SÓLO SON DESPRECIABLES DICTADURAS... Tampoco hay violencia justificable. Finalmente, un GRACIAS grandote a los de "la oficina" que con su trabajo silencioso Y SIN VULNERAR LOS DERECHOS HUMANOS nos han permitido vivir en un país en paz, ciertamente con grandes problemas, pero libre y seguro.
Muy interesante, Como la Operacion Siglo XX, lamentablemente el Mercurio sigue mintiendo y la derecha es gobierno, tanta muerte de compañeros que participaron ayer en estas operaciones y creo que no logramas mucho.(El sistema neoliberar esta las conciencias de nuestro pueblo).
saben el paradero de florencio velasquez negrete?,pues nadie lo sabe....como el bigote.
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En alguna parte de mi memoria siempre recorde el secuestro de Cristian Edwards, hoy al fin pude leer detalles de lo que habia pasado.....debe de haber sido terrible ser el "hijo" de alguien con tanto poder...mas aun con tantos proyectos, fortuna y tanta vida. Tanta violencia de unos y otros, da asco..Acaso se trataba del viejo refran "ojo por ojo ,diente por diente" . Nada justifica este secuestro..si querian dinero mejor hubieran asaltado un banco...delincuentes unos y delincuentes los otros...creci en un pais con violencia y miedo y aun hoy no me siento con libertad de decir lo que pienso..¿alguien podria decir que aprendio con este secuestro? nada...Quizas la mejor leccion la aprendio el propio Cristian...seguro su vida es muy distinta despues de este episodio..seguro que su alma se hizo mil pedazos. Para mi la mejor leccion es no tener dinero,poder,nacer en cuna de oro...ni ser "hijo" de ....¿alguien sabe que hizo de su vida Cristian?
[...] y el año pasado obtuvo el Premio Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado por La historia secreta del secuestro de Cristián Edwards [...]
EL REPORTAJE ES REALMENTE BUENO,POR QUE TRANSPORTA AL LECTOR A LOS HECHOS MISMOS QUE SE NARRAN, NUY BUENO. EN EL CONTEXTO DE LA HISTORIA, MUY LAMENTABLE, DEMUESTRA QUE LOS IDEALES QUE ESTAS PERSONAS DEL FPMR SEGUIAN ESTABAN MUY MAL ENCAMINADOS Y POR LO MISMO NUNCA LLEGAN A BUEN PUERTO.
Me pueden informar cuando podré leer la segunda parte del secuestro.
Me parece increíble. El Sr. Escorza era el Presidente de los padres del curso de su hijastro, que en ese entonces estaba en iº medio. Yo era una practicante y me correspondió asumir la jefatura del curso. Don Rafael era el jefe de la Pastoral del colegio . La Sra. María llevaba quequitos a la reunión de padres.... Al año siguiente del secuestro, por casualidad me encontré con el hijo de la señora, mi ex- alumno y estaba totalmente destruído. Sus padres en la cárcel y èl tratando de encontrat un rumbo... ¡Cuánto dolor! Pobres personas.