Alguien dio la orden de que no había que subsidiar el transporte y que si con la tarifa la plata no alcanzaba, pues había que meter a la misma gente en 4.500 buses en vez de 6.500, abriéndose dos ofertas a los ciudadanos. Una, ingresar como sardinas; la otra, quedarse en los paraderos esperando.

Cuando se decidió diseñar el plan Transantiago, se simuló la ciudad con un modelo matemático en el que los teóricos intentaban representar la ciudad en un computador para poder estudiar los distintos efectos que podría tener cada una de sus propuestas. Así, creían tener una maqueta del espacio territorial donde sólo tenían que ir colocando los datos de cuántos buses se ponían o se sacaban, cuántos habitantes se movían de un lado para otro y cuánto tiempo demorarían sus viajes. Cada vez que en el computador representaban teóricamente a la ciudad, lo llamaban “escenarios” de Transantiago.

El modelo fracasó o colocaron mal los datos. Lo concreto es que los habitantes moviéndose en la ciudad eran muy distintos a los que el modelo matemático representaba.

Cuando creían haber terminado todo, el escenario representado contemplaba 6.500 buses, sus recorridos y sus frecuencias. Y de pronto Sectra con sus equipos de profesionales dirigidos por Henry Malbrán decidieron lo que llamaron el escenario 11: eliminar 2000 buses, borrar recorridos, disminuir la cobertura urbana y aumentar los tiempos de espera. El efecto quedó a la vista cuando Transantiago se puso en marcha.

Ya en 1961, cuando Ira Lowry en Pittsburg construyó el primer modelo matemático de simulación urbana -cuya aplicación de estudio iniciamos en 1972 en Chile-, tenía claro que no hay modelo capaz de representar cabalmente la compleja realidad de una ciudad. Pero lo más paradigmático de Lowry era que los datos (inputs) los coloca a voluntad el que maneja el modelo. En Transantiago alguien dio la orden de que no había que subsidiar el transporte y que si con la tarifa la plata no alcanzaba, pues había que meter a la misma gente en 4.500 buses en vez de 6.500, abriéndose dos ofertas a los ciudadanos. Una, ingresar como sardinas; la otra, quedarse en los paraderos esperando.

La jefa de la Unidad de Servicios de Transantiago, doña Monica Zucker, interrogada en la comisión de por si reclamó o advirtió que los recortes que le ordenaba Sectra iban a causar graves daños a los usuarios, respondió: “Probablemente fue una especie de círculo perverso, en que todos nos apoyamos en que el otro no decía nada y confiamos en que los supuestos en los que se habían trabajado eran los correctos. Eso nos llevó a tomar una pésima decisión, que ha tenido consecuencias gravísimas en la calidad de vida de los chilenos”.

Después de años de trabajo, el equipo de TS se quedó en silencio cuando Sectra le ordenó disminuir claramente la calidad del servicio.

El resultado de estos nuevos datos que en el modelo matemático tenían luz verdes, es el que todos hemos visto en los rostros de la gente en los paraderos y en las palabras de la Presidenta Bachelet pidiendo disculpas ante el Congreso del 21 de mayo.

Se hizo evidente la fragmentación del mando, el descontrol, la falta de información compartida y el desarrollo de agendas propias de cada pedacito de la institucionalidad del Estado, puesto que como bien dijo en la comisión la señora Zucker: “En cuando a la confianza en los supuestos en los que se basó este escenario, unos se apoyaron en otros, pero nadie previó el desastre. Es obvio que debimos haberlo previsto. ¡Qué duda cabe que debimos haberlo previsto! ¡Quedó la embarrada!”. Mencionarla a ella es sólo para ejemplificar la conducta mayoritaria en las responsabilidades funcionarias y no para estigmatizar su persona.

No hubo una institucionalidad suficiente para abordar la transformación del transporte en una ciudad tan grande. Los ministros no son gerentes, ni deben serlo. Los Presidentes de la República no borran ni dibujan recorridos. Sólo un organismo único, central, que hubiese tenido el mando de la coordinación y no la intención de coordinar, podría haber puesto orden en tan dispersas instituciones que definían por distintos lados infraestructura, número de buses, financiamiento, norma, en alguna parte contrato y, no se sabe dónde, fiscalización conjunta de todas las partes.

Los grandes sueños que inspiran a los estadistas se plasman en programas y en políticas públicas que ejecutan en un equipo cohesionado que cumple coherentemente. Eso es lo que en Chile se hizo para el cobre, a través de Codelco, y también para el Plan Auge, donde se creó una institucionalidad y se fortaleció al Estado. Transantiago no se hizo así, pese a que debió hacerse una institucionalidad a través de una ley en que el Congreso obligara a los representantes de los ciudadanos a comprometerse con las decisiones y obligar al gobierno a escuchar un debate que, aunque hubiese sido lento, habría implicado la participación de todos.

Es por eso que hay fallas de raíz fundantes en una institucionalidad insuficiente. Como dijo el ministro Eyzaguirre, con un “Estado perejil” En medio de eso, reinaron las empresas privadas que no cumplieron sus contratos y funcionarios teóricos que imaginaron al ser humano en un computador.

Patricio Hales*Patricio Hales es arquitecto, diputado del PPD y presidente de la comisión investigadora del plan Transantiago.