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El otro salto adelante del imperio chino

| 5 de Noviembre de 2007 | | Imprimir

Marcelo Cantelmi

Un extraordinario cambio de ciclo acaba de producirse silenciosamente en China. No se trata de una modificación radical de la revolución aperturista iniciada por Deng Xiao Ping hace 28 años, pero sí de un nuevo salto hacia adelante muy diferente al de Mao Tse Tung. Esta vez el salto está destinado a enmendar las consecuencias de la velocidad de crecimiento que ha tomado el gigante asiático; un ajuste de vías para asegurar el destino del Imperio del Centro con su probeta capitalista.

Si lo ocurrido es asombroso, más lo es el hecho de que se haya advertido lo que debería ocurrir: un temblor de la conciencia aunque no del humanismo. Una carencia que no solo se percibe en China.

En lo formal el giro se produjo en el XVII Congreso Nacional del Partido Comunista Chino el pasado octubre. En ese cónclave, que se celebra cada cinco años, el Presidente Hu Jintao (refrendado como líder hasta 2012) y su primer ministro Wen Jiabao, desplazaron a las líneas más conservadoras encabezadas por el ex jefe de Estado Jiang Zemin.
En el PCCh, la única estructura política admitida en el gigante asiático y que con 70 millones de militantes regula a los 1.200 millones de chinos, hay corrientes internas que remedan en sus formas, excesos y limitaciones las que cruzan por el universo capitalista.

Zemin, del denominado grupo de Shangai, representa a un sector conocido como los elitistas o princelings (príncipes, porque son hijos de la alta clase política fundacional), de las provincias costeras. El eje central de ese sector es su vínculo con las áreas que más expansión han mostrado en el fenómeno de crecimiento continuado de China. Los mismos que han venido presionando para que el esquema aplicado hasta ahora continúe sin variaciones a despecho de los cientos de millones de ciudadanos del interior del país que observan desde la galería el espectacular avance económico. Y lo han hecho ignorando las consecuencias en el medio ambiente y ecológicas que factura el incesante ciclo de negocios. Para esa ala, el crecimiento debe seguir sostenido en un modelo fundado sobre la eficiencia y la apertura económica. El cimiento, por ejemplo, de una megalópolis como Shangai.

Algunos datos de balance pueden ayudar a observar la foto completa. El Producto Bruto Interno de China creció 11,5% en el tercer trimestre del año y se prevé que llegará a 11 % a final de 2007, repitiendo un ciclo exitoso de décadas. Ese ritmo se apoya, entre otras herramientas, en una gigantesca avenida para el comercio: el gigante tiene una de las economías más abiertas del mundo con un nivel arancelario promedio de 9% contra 15 % en el resto del globo. Pero si se revisa con cuidado los números, el balance no es pura fiesta: la renta per cápita en ciudades como Shangai ronda los 1.500 dólares, pero en el campo, en la zona no bendecida por el milagro, el ingreso gira hacia los 400 dólares. Según informes del Banco Mundial, China cuenta con 1.300 millones de habitantes, de los cuales 318 millones viven en la miseria.

Esta máquina simultánea de hacer dinero y hacer pobres tiene variedad de espejos donde reflejarse en este lado del mundo. Es una ola similar -aunque de contenido diferente- a la que se experimenta desde la finalización del efecto concentrador único del Consenso de Washington. Una ola que viene acompañada de una demanda de ampliación de la presencia del Estado para contener a las víctimas del modelo, pero que intenta centralmente resolver dos cuestiones: una, la ideal, integrar a los pobres al mercado; y la necesaria, mejorar el status quo para que no se repitan los gobiernos rebeldes efectos de la inequidad y del discurso único, como Bolivia y Venezuela si se quiere tomar algún ejemplo en nuestro continente, aunque el fenómeno es mundial.

La otra corriente en China, afincada en el actual gobierno, parte de la base de que un imperio para ser tal debe resolver las inequidades antes de que se tornen explosivas. Además, porque el aumento del producto bruto per cápita que se duplica cada cinco años, si bien desde una base exigua, implica el ingreso paulatino al mercado de una enorme masa de consumidores que deben ser contenidos por el Estado. No es difícil para este mundo nuestro entender lo que sucede en aquel otro. No hace falta aclarar que la motivación central no es humanista sino puramente pragmática.

Hu encabeza esta facción conocida como la Liga de las Juventudes Comunistas -y en términos más vulgares los “populistas”-, remedo también bastardeado hasta el hartazgo en Occidente y reservado por los mercados a cualquier administración que apunte a programas económicos inclusivos o desarrollistas.

La dupla gobernante, presidente y premier, propuso en este Congreso de octubre dos grandes formulaciones detrás de esa preocupación que el sinólogo español Mario Esteban Rodríguez traduce en “el desarrollo científico” por un lado y “la sociedad armoniosa” por el otro. El primero, señala, promueve un modelo de desarrollo más conciliable con la protección del medio ambiente, giro que, remarca Rodríguez, “la inmensa mayoría de los chinos aplaude”.

La segunda formulación, subraya el camino hacia una mayor cohesión social frente a la obsesión de la anterior generación de líderes por un crecimiento macroeconómico sin anotar las consecuencias. “Hu Jintao y Wen Jiabao se encontraron con un país que si bien es la locomotora de la economía mundial está plagado de desastres medioambientales; alberga 16 de las 20 ciudades más contaminadas del mundo y es uno de los 13 países con más escasez de agua”. En buena compañía con esas calamidades se suma el soportar el mayor incremento en las desigualdades sociales de todo el planeta en los últimos 20 años, un efecto medido, entre otros, por el índice Gini.

En China nacen cada año 20 millones de chicos. Sobre ese universo que no deja de crecer, reina un centenar de personas que tienen fortunas de más de mil millones de dólares. Luego, una segunda línea de alrededor de cien millones que integra la estrecha clase media. Hu entrevé que ese sector debería incluir a 600 millones de chinos en tres lustros.

Estos cambios no deberían ser confundidos. Si en algo coincide Hu con su antecesor, es en el tipo de vuelo y en el plumaje: ambos son halcones. Hu no es un líder que vaya a abrir la puerta de la democracia en China. El Presidente viene de plantear en su discurso central la urgencia tanto de no detenerse como de no retroceder, porque cualquier alternativa que no sea avanzar implicaría la destrucción. Pero el avance no es romántico.

Es interesante en esta formulación anotar que el Congreso del PC colocó entre los nueve miembros del Comité Permanente, el máximo organismo partidario, a dos candidatos seguros a suceder a Hu en 2012. Uno es de su propia línea, Li Changchun. El otro es hombre de Zemin, aunque no fundamentalista, Xi Jinping. Si el programa de cambio se consolida, irá Li; si se debe reajustar para garantizar la acumulación del gigante, será Xi. Una puerta no cierra la otra. Y ninguna de ellas conduce a un esquema político diferente al actual que sume la apertura política a la económica. El control total. Y Hu lo tiene como Presidente, líder del Partido Comunista y de las Fuerzas Armadas, todo en simultáneo. Es la clave, no la única, pero ciertamente una de las más importantes y monárquica en sí misma para consolidar el Imperio del Centro. También en ese espejo no resulta difícil observarse a los de este lado del mundo.

*Marcelo Cantelmi es editor Internacional del diario Clarín de Buenos Aires

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