El Almendral

Una infancia de terror vivió el artista plástico Hernol Flores. Junto a su hermano gemelo -ya fallecido- fue internado en un hogar de menores administrado por las Misioneras de la Transfiguración del Señor. Las golpizas, el hambre y los abusos marcaron a centenares de niños que pasaron por ese orfanato. Las donaciones destinadas al hogar eran ocupadas por las monjas para comprar propiedades y vehículos, bienes que siguieron administrando después de que el obispado de San Felipe las defenestrara.

Los trazos cándidos y coloridos que surgen de los pinceles de Hernol Flores Vargas probablemente nacen de la infancia que le fue negada. El artista plástico suspira profundo mientras se asoma por la ventana de su casa en Temuco para contemplar los últimos minutos de una opaca tarde invernal. Tras ese silencio, corto pero elocuente, asiente y concuerda en que las golpizas, el hambre y los abusos que sufrió cuando sólo tenía 7 años, son el motor inconsciente del estilo naif que le ha dado fama a su arte: “La pintura me ayudó a sanar interiormente”.

A diferencia de tantas otras biografías desgarradoras, no hubo en la historia de Hernol (39) ni un padre alcohólico ni una madre castigadora que lo empujaran a ocupar un lugar en las estadísticas sobre infancia en riesgo social. Lo que hubo fueron monjas. Religiosas que habían prometido amar y proteger a los más desvalidos entre los pobres -los niños- y que permitieron que los atropellos reinaran en la vida de cientos de chiquillos desamparados de San Felipe y sus alrededores. Hermanas consagradas que, cuando al fin fueron defenestradas por el obispado local, se negaron a entregar los bienes -casas, parcelas y vehículos- que compraron con las donaciones que debían haber ocupado para atender a los pequeños.

-Yo tenía un hermano gemelo -cuenta Hernol- que se llamaba Óscar. El falleció hace 11 años, de una leucemia. Al principio los dos vivíamos con mi abuela, pero a cierta edad nos separaron. Después, mis abuelos se aburrieron de tenerme y mis tíos de tener a mi hermano y nos fueron a dejar a un hogar de niños huérfanos. Era el hogar Pablo VI. Teníamos como 7 años cuando llegamos ahí. Estuvimos mucho tiempo y vivimos cosas muy dolorosas, muy fuertes. Siempre nos preguntamos por qué llegamos ahí si nosotros teníamos papá y mamá.

El padre de los gemelos es Hernol Flores Opazo, un destacado dirigente sindical de la Asociación de Empleados Fiscales y de la Asociación Postal Telegráfica, quien cultivó un alto perfil público en los duros años 80.
-Mi madre nunca se casó con mi padre -dice el pintor-, él siempre se dedicó a la política. En el tiempo en que nosotros estábamos en el hogar, el país estaba en dictadura. Y la pregunta que todo el mundo se hacía era qué hacían los hijos de Hernol Flores, que en ese tiempo era un personaje mucho más público, en ese hogar de niños abandonados. Siento que él nos quiso ocultar. Estábamos reconocidos legalmente, pero nunca nos quiso reconocer públicamente. Y para nosotros, como niños, eso fue muy marcador. Mi madre es una mujer esforzada, yo recién ahora la he perdonado y estoy aprendiendo a abrazarla, porque siempre me pregunté por qué nos había dejado ahí.

Trajinando en la basura

Director de Escuela El Almendral, Ramón CarrascoRamón Carrasco suma casi 41 años como director de la escuelita de El Almendral, la localidad vecina a San Felipe donde se ubica el hogar Pablo VI. En las décadas del 70 y 80, él y sus profesores se convirtieron en los escudos protectores de los chicos que llegaban a las aulas desde el orfanato con marcas de golpes y abusos sexuales. Con orgullo, revisa las fotos que cuelgan en la pared de su oficina y a golpe de vista distingue a los niños que venían del hogar, de distintas promociones, con nombres y apellidos. También recuerda con claridad la llegada de los gemelos:
-Los hijos de don Hernol Flores, que era un combativo dirigente gremial de Correos y Telégrafos, no tenían ni zapatillas ni ropa. Fui a hablar con el presidente de la Asociación Postal Telegráfica local, Ramón Reyes, que era amigo mío y le dije: “Tocayo, en el hogar Pablo VI hay unos niñitos que son hijos del dirigente máximo de ustedes, pero pasan hambre y frío”. A los pocos días llegaron ellos con algunas cositas para los mellizos.

Hernol repasa las imágenes de esos días oscuros:
-Éramos golpeados en el hogar. Si me equivocaba en las tablas de multiplicar me hacían estirar las manos y me pegaban por ambos lados con un palo de escoba. Había chicos que se orinaban en la cama y también eran maltratados. Recuerdo a un niño epiléptico que, cuando le daban los ataques, lo golpeaban. En ese lugar se horneaba el pan y mi hermano y yo nos levantábamos de noche y nos íbamos para atrás, donde estaba la basura en unos tambores grandes, y nos poníamos a trajinar para comer la masa que botaban. A veces nos escondíamos entre las matas de mora y ahí nos abrazábamos, nos poníamos a llorar y a rezar para que mi mamá nos fuera a buscar. Había una pileta en el medio del patio y nosotros nos sentábamos ahí todos los domingos, que era el día en que venían a ver a otros niños, a esperar que alguien viniera a vernos. Y nadie iba. Un día nos fue a ver mi madre y se impactó, porque estábamos llenos de piojos. Nos corrían por el cuello.

Misioneras de la Transfiguración

Entre 420 y 450 niños por año llegó a registrar el hogar Pablo VI. Instalado en el antiguo convento franciscano de El Almendral, fue administrado desde sus inicios y hasta 1989 por las Misioneras de la Transfiguración del Señor, cuyo nombre recuerda el pasaje en que se revela ante un trío de apóstoles el aspecto divino de Jesús. “De la desfiguración del Señor debieron llamarse estas señoras”, corrige el director Carrasco.

Hermana Teresa, directora del hogar de menoresLa misioneras no eran más que un grupo de tres monjas que había sido fundado por Enriqueta Corvalán Corvalán, una mujer que desde su infancia -nació en 1917- manifestó tener visiones y recibir mensajes divinos.

A Enriqueta se unieron la hermana Teresa Rubio Ángulo y sor Ida Puigmarti Concha, que ya llevaba 18 años como religiosa salesiana. Siguiendo los mensajes que Enriqueta decía recibir, se dedicaron a la atención de menores y fundaron el hogar Divina Providencia en Los Andes.

Con los primeros frutos de esa obra se ganaron la simpatía del entonces obispo de San Felipe, Enrique Alvear, quien el 19 de septiembre de 1969 las aceptó como instituto religioso en formación (una “pía unión”), bajo la promesa de que extenderían su obra y aumentarían en número para que, finalmente, la sede pontificia aprobara sus estatutos y las registrara como congregación.

Madre Enriqueta Corvalán en tranceAunque el grupo fue finalmente disuelto en 1989 por el obispo Manuel Camilo Vial, debido a los graves problemas relacionados con la administración de bienes y el trato que recibían los menores, le sobrevivió la rama masculina, actualmente encargada de atender la Parroquia de Rinconada de Silva, a las afueras del mismo San Felipe. Los Misioneros de la Transfiguración del Señor son sólo tres sacerdotes y un laico con votos. Este último, Dante Gutiérrez, relata los inicios de la congregación:
-La hermana Enriqueta era de Santiago, pero vivía en Los Andes, porque su papá era director de escuela primaria y se trasladaba continuamente. Ella tenía dones especiales desde muy niña y respondiendo a esos dones, a lo que Dios le pide, funda una congregación. Primero se contacta con una joven que viene de Rancagua, que es Teresa Rubio, porque estuvo trabajando en esa zona, abocada a la catequesis en La Punta de Codegua. Años más tarde ellas dos forman la pía unión y se les une una hija de María Auxiliadora, la hermana Ida Puigmarti.

Sor Ida, una de las fundadoras de la comunidadEl mismo año en que el obispo Alvear dio luz verde a la formación del instituto religioso, el convento franciscano de El Almendral enfrentó el riesgo cierto de ser expropiado. Ambos hechos confluirían finalmente en una sombría historia.

El pálpito franciscano

Desde que comenzó la construcción del inmueble, en 1862, la Orden Franciscana siempre tuvo problemas para sostener a los moradores del convento. Así, a fines de los años 60, aunque fue declarado monumento nacional, estaba en deplorables condiciones pues no había recursos para refaccionarlo y sólo dos frailes permanecían ahí.

En 1969, al cierre del gobierno de Frei Montalva, el Ministerio de la Vivienda puso sus ojos en el extenso terreno que tenían los religiosos, dividido en una huerta, parronales y una cancha de fútbol entregada al club deportivo local. El predio había sido pedido por pobladores sin casa para desarrollar allí un programa de autoconstrucción. El superior franciscano de la época, Francisco Javier Mac-Mahon se movió con rapidez y consiguió que el gobierno DC desistiera de la expropiación, pero la orden comprendió que bajo el intenso clima político de esos años debía buscar un uso para el abandonado inmueble si no quería perderlo. En 1970 el convento fue ofrecido a las clarisas y al Instituto de Educación Rural, pero ambos proyectos no prosperaron.

El 25 de octubre de 1970 las Misioneras de la Transfiguración del Señor pidieron formalmente a Mac-Mahon que el convento les fuera entregado en comodato. Pero los franciscanos rehusaron cederlo al pequeño grupo de religiosas y lo traspasaron finalmente al obispado de San Felipe en febrero de 1973, aunque se trató de una cesión temporal “a la espera de los trámites que permitan la entrega definitiva con las respectivas escrituras públicas”. El obispo Alvear ya con pleno dominio sobre el inmueble se lo entregó a las misioneras.

Un dato curioso es que fueron los franciscanos los primeros que desconfiaron de la pequeña comunidad. Así queda de manifiesto en una carta posterior, fechada en abril de 1979, cuando aún se definían detalles para finiquitar el traspaso legal del inmueble. El entonces superior de la orden, Rigoberto Iturriaga, escribió al obispo Francisco de Borja Valenzuela, sucesor de Alvear: “Para mejor claridad le contaré que antes de ofrecérselo a monseñor Alvear, estuvimos en conversación con ese instituto (las misioneras), pero nos pareció que carecía de representatividad, ya que no disponía de religiosas y ni siquiera era una congregación aprobada”.

Marcas de la infamia

“Gracias a Dios todos los días íbamos a la escuela de El Almendral -comenta Hernol-, que era como nuestra luz. En las mañanas ahí nos daban galletas y leche. Ahí nos adoptó y nos protegió una profesora, Marlen Mardones, que fue nuestra salvación en cuanto al amor como mamá”.

La señorita Marlen vive en una antigua y sencilla casa de calle Coimas, en el centro de San Felipe. Jubiló en 2006 después de 41 años de servicio en las aulas almendralinas. El día de la entrevista estaba contenta porque hacía poco, para el Día de la Madre, Hernol la había llamado desde Temuco:
-Él y Óscar todos los días se tomaban de mi cintura y me decían “llévenos para su casa, por favor, no queremos irnos al hogar”.

Los menores, recuerda el director Carrasco, tenían prohibido almorzar en el colegio porque la superiora del hogar, la hermana Teresa Rubio, decía que los chicos tenían cubiertas todas sus necesidades: “Pero ahí surgió el afecto que empezamos a entregar con mis colegas. Marlen, siendo soltera, vació todo su cariño en los niños”.
-Nosotros igual les dábamos almuerzo. Cómo no les íbamos a dar, si venían muertos de hambre. Siendo yo lo más escrupulosa que se puede ser, les sacaba hasta los piojos, les echaba líquido y les lavaba la cabeza en la escuela- dice la profesora.

Carrasco recuerda que a poco de haberse instalado el Pablo VI en el convento, comenzaron los problemas:
-Cuando tocaban la campana para salir, los niños del hogar no querían irse. Un día se nos perdió un niñito y no lo encontrábamos. Los buscamos hasta en las acequias. Voy a mi oficina y veo, detrás de un sillón, un zapatito. Ahí estaba. Y le digo “mijito, ¿qué hace aquí?”. Y se pone a llorar, un pajarito de seis o siete años, y me dice “no me quiero ir, señor, yo puedo dormir aquí si me prestan un saco”. “Cuéntame, ¿qué te pasa?”, pero él se aferraba y tiritaba. Lo revisé y al niño le sangraba el potito. Se lo juró, me cayeron las lágrimas.
“Le decían el cuchi-cuchi al abuso sexual y contaban que se lo hacían los niños más grandes”, relata la profesora Marlen. Para la madre Teresa, dice Carrasco, todos esto no eran más que comentarios falsos.

El director acudió a las autoridades educacionales de la provincia, pero la respuesta que cosechó fue negativa:
-“Ahí no nos podemos meter”, me dijeron. “Podemos ver los problemas de la escuela, pero esto no”.

Carrasco buscaba una vía para hacer la denuncia y conversó con una asistente social del hospital de San Felipe, pero nuevamente chocó con un muro. Poco después, las profesoras Marlen Mardones y Angélica Vargas le llevaron a su oficina cuatro niños con las espaldas marcadas por correazos. Indignado, partió directamente a la casa de la jueza Adriana Guzmán:
-Los niños parecían igual que los esclavos que uno ve en las películas. Le cuento a la jueza con tanta molestia, con tanta ira, que la señora dice “no puede ser”. Me fui a almorzar y cuando vuelvo a la escuela veo que estaba llena de vehículos, que tenían a todos los niños en la multicancha y los iban llamando de a uno a la oficina. Estaba la jueza, abogados, inclusive el gobernador. Se destapó la olla.

Increíblemente, la investigación no cambió las cosas. La jueza Guzmán, hoy jubilada, dice que no recuerda el caso. Aún así, lo más grave -a juicio de Carrasco- estaba por venir. Cuando las relaciones con la hermana Teresa ya estaban quebrantadas, la religiosa le presentó un orientador que llevaría los nexos entre el hogar y la escuela.

“Un día dejó de venir uno de los muchachitos más grandes y pensamos que había dejado el hogar”, cuenta el director. Pero un amigo del maestro, dirigente de un club de rayuela que tenía una cancha detrás de un hotel parejero, le advirtió: “Ramón, viene un niño con la insignia de tu escuela para acá con un hombre”. El profesor montó guardia desde una posición en la que podía ver a los que entraban y salían del hotel. Estuvo ahí varios días, hasta que los vio: “Era el famoso orientador con el niño que no iba a clases”.

Días después, Carrasco expulsó de su establecimiento al orientador y le prohibió volver. La hermana Teresa no se hizo esperar:
-Vino a hablar conmigo, pero sólo le dije “no me inspira confianza el señor orientador como para tratar temas relacionados con los niños, especialmente con los más grandes”. Tiempo después, en la Plaza de Armas de Santiago se me acercó un hombre harapiento y barbón, como un mendigo. “Señor Carrasco”, me saludó. Era Jaime, el muchacho que dejó de ir al colegio. Se puso a llorar y me dijo “algún día espero verlo en otra forma”. ¡Eso es lo que hizo el orientador a ese niño!

Una monja hábil para los negocios

María Elisa Muñoz Urrutia tenía sólo 15 años cuando aceptó la invitación del sacerdote belga Hugo Cornelisse para participar en un retiro vocacional en Los Andes junto a las Misioneras de la Transfiguración. El religioso era el asesor de su grupo juvenil en Linares. Ella desembarcó en el hogar Pablo VI el mismo año en que Hernol y Óscar fueron internados ahí.
-En febrero de 1974 llegamos ocho miembros del grupo juvenil a Los Andes. Nos gustó como las religiosas preparaban el pan para los niños, como lavaban para ellos. Le dije al padre “me quedo”. Nos quedamos seis chiquillas, de Linares y Valparaíso. Llegamos a ser 12 jóvenes y al mismo tiempo fueron aumentando los niños en los hogares.

Elisa -quien llegó a tomar los votos perpetuos dentro de la comunidad- cuenta que rápidamente surgieron problemas por la forma en que el grupo administraba los bienes: “La hermana Teresa -la superiora del hogar Pablo VI- era la ecónoma de la congregación. Era una mujer muy hábil para los negocios y la comunidad fue creciendo económicamente. Entre 1978 y 1988 el comentario era que éramos las monjas más ricas de la diócesis”. La madre Teresa fue nombrada como única heredera de la fundadora del grupo y se le otorgaron plenos poderes para administrar los bienes.

Los sacerdotes Cornelisse y Guido Bertolino, ambos salesianos, fueron activos colaboradores de las misioneras, al punto que después formaron la rama masculina de la congregación. Ambos consiguieron importantes aportes financieros de comunidades católicas belgas e italianas. Llegaron voluntarios belgas al hogar, algunos de los cuales también llevaban donaciones. Irma de Shutter fue una de ellos y, desde Europa, reconoce que canalizó dinero, pero no recuerda los montos. Al mismo tiempo, una fundación alemana -Kindermissionswerk- aportó los fondos para la restauración del convento.
-Con la ayuda del extranjero llegamos a tener cinco parcelas, diez vehículos -autos, furgones, camiones tipo tres cuartos y un bus-, corderos, vacunos, cabras y aves. Yo atendía un gallinero de 3.500 gallinas. La proyección de la comunidad era formar un centro agrícola para capacitar a los niños. Incluso llegamos a tener un laboratorio de miel, con toda la maquinaria de última generación- relata Elisa.

Ultimátum del obispo

Bajo el obispado de Francisco de Borja Valenzuela, recuerda la ex religiosa, surgieron las primeras diferencias con la diócesis por el manejo de los bienes: “Pero él se preocupó más bien de que nos fuéramos constituyendo como religiosas, que se establecieran los estatutos”. La crisis se desató cuando asumió el obispo Manuel Camilo Vial, en 1983, a quien rápidamente le preocupó que las donaciones para los hogares se ocuparan en bienes que pasaban a manos de la comunidad:
-Monseñor Vial se reunió con la hermana Enriqueta, que era la fundadora, y le dijo “mire, me gustaría que separaran las administraciones de los hogares y de la comunidad, que los hogares sean atendidos en una línea más pedagógica y que se hagan cargo de ellos las religiosas jóvenes. Y ustedes (las tres fundadoras) que se encarguen del pilar de la Transfiguración, que usted dice que es vida contemplativa y carisma, con más presencia en parroquias”- cuenta Elisa Muñoz.

La ex religiosa sostiene que esa primera intervención del obispo Vial permitió cambiar el perfil de los funcionarios del hogar:

-Empezaron a trabajar profesores, gente con más preparación para tratar con niños, porque hasta ese minuto quienes trabajaban provenían de los programas de empleo mínimo, lo que tenía la ventaja de que no se ocupaba la subvención para pagarles. Entonces, la hermana Teresa podía destinar ese dinero a otra cosa. Ella no comprendía la importancia de atender a un niño con una línea pedagógica.

Cristian Moreno, un ex interno que llegó al hogar en 1975 con sólo 4 años de edad, relata que en una ocasión el tío que lo cuidaba lo dejó sangrando por no acusar a los que fumaban: “Se llamaba Patrico Andía. Dicen que falleció de sida o por el neoprén. Después, cuando ya estábamos grandes, con un amigo lo fuimos a ver a su casa y le encontramos como 80 tarros de neoprén. Tenía unos 28 o 29 años cuando trabajaba en el hogar. Era un cabro, bueno para la pelota, arquero. En el hogar nadie tenía preparación, había gente que no sabía ni leer. El hogar era sólo para ir a dormir, a comer, porque los estudios los hacíamos en otras partes”.

Moreno cuenta que el trato en general era bueno, pero reconoce que había excesos en los castigos para los que se portaban mal, peleaban o se fugaban: “La monja Teresa sacaba una manguera de dos pulgadas, te bajaba los pantalones y ¡paf!”. También revela una de las claves del éxito económico de la congregación:

-Teníamos una casa en la playa, grande, con cien piezas, en Papudo. Pero teníamos que trabajar para ganarnos la ida a la playa. Antes de ir a Papudo los más grandes teníamos que cosechar la uva, hacer el raleo, trabajo de campo. Igual nos servía de aprendizaje y no teníamos problema con ir a las parras.

Hernol recuerda que debía alimentar chanchos. Y Cristián reconoce que también lo hacían trabajar en el gallinero.

Elisa Muñoz relata el punto más álgido de la crisis entre el obispo Vial y la congregación, pues la hermana Teresa no aceptó separar los bienes:

-Monseñor Vial le dijo a la hermana Enriqueta: “Yo espero seis años o termino con la Transfiguración y pasa la administración de los hogares al obispado”. Pasaron los seis años y en 1989 el obispo llamó a la madre Enriqueta. Yo la acompañé a esa reunión. Él le dijo: “Esto se termina, se cierra. Ustedes tienen todo el derecho a apelar al Papa, pero creo que esto se termina aquí”. Se produjo un ambiente muy caótico y tenso para todas nosotras, que éramos ellas tres (Enriqueta, Teresa e Ida), mi hermana Sara y yo, porque las demás jóvenes se habían ido precisamente por eso de que era más importante lo económico que la misión. El punto que discutía la iglesia es que se respetara la intención de los donantes, porque esa ayuda era para los niños y eso no se cumplía, porque para la hermana Teresa el objetivo era tener un soporte económico fuerte.

La “sanación”

El 12 de septiembre de 1989, el obispo Vial llegó al convento acompañado de una notaria para disolver canónicamente la congregación.

-Ahí quedamos libres de nuestro compromiso, o sea, un divorcio. Fue muy doloroso. Los bienes de la comunidad se dividieron entre sus cinco integrantes. Como nosotras teníamos votos perpetuos y éramos parte de la directiva, nos tocaba un quinto, pero Sara y yo lo rechazamos porque entramos a la comunidad por los niños y no por plata, y se lo cedimos al obispado- dice Elisa.
El punto fue establecer qué bienes eran de la comunidad y cuáles eran producto de donaciones que debían destinarse a los hogares y, por lo tanto, pasar al obispado para continuar la obra. Se inició entonces una larga batalla legal. Recién en 2005 el obispado vendió las parcelas más caras (ver La multiplicación de las propiedades).

Las hermanas Sara y Elisa Muñoz Urrutia siguieron trabajando para la diócesis en los hogares. Elisa dirige hoy la casa “Divina Providencia”, en Los Andes, se casó con un ex alumno del hogar Pablo VI y tiene una pequeña hija. Sara no se casó, pero optó por la maternidad y tuvo un hijo.

Poco después de que las misioneras fueran disueltas, un incendio redujo a cenizas la mayor parte del Pablo VI. El obispo Vial decidió restaurar el convento y convertirlo en un centro cultural, instalando el hogar -que aún funciona- a un costado del viejo inmueble franciscano. El Centro Cultural Almendral es hoy una pujante institución con talleres de cerámica, forja, orfebrería, imprenta, sala de cine y una de las galerías de arte más activas de la región. Allí expuso, en 1997, Hernol Flores Vargas. Un año antes de su retorno al convento había fallecido su gemelo:

-Cuando empecé a hacer una carrera como pintor, tuve la oportunidad de ir a exponer a Washington y en ese viaje conocí a Mané Aguirre, que me ofreció ayuda para buscar lugares donde exponer. Pasaron los meses y un día ella me llama y me dice “encontré un lugar maravilloso que fue un convento franciscano y ahora es un centro cultural que se llama Almendral”. Yo quedé descolocado y lo único que hice fue llorar.

Cuando algunos días más tarde Hernol se enfrentó al viejo edificio, las piernas le flaquearon:
-Lo más impresionante es que el lugar está restaurado con colores que para mí son muy simbólicos en el budismo, como el amarillo y el violeta. Yo me quebré, me empezaron a tiritar las rodillas. En la puerta estaba Mané, la abracé y aunque quería llorar no le dije nada. Partimos a una reunión y la oficina era justo la que ocupaba la monja Teresa en un altillo. Entonces recordé cuando a mi hermano y a mí nos abusaron y subimos esa tremenda escala y ella, que era una mujer grande, estaba esperándonos arriba y nos amenazó que no íbamos a decirle a nadie lo que nos había pasado.

Ese día, Hernol le comentó sólo a Mané que él había sido un interno del hogar:
-Yo no le dije al resto que había estado ahí, pero les pedí si el día de la inauguración podían conseguir organilleros, chinchineros, que son personajes de mis cuadros, e invitar a los niños del hogar, que ahora estaba al lado. Y resultó una maravillosa fiesta, los niños corrían por todas partes, les regalaron globos. Y en mi discurso le dije a los chicos: “Lo último que podemos perder es la esperanza, no importa dónde nos toque vivir. A pesar de que ustedes viven en un hogar, pueden ser algo en la vida, porque yo fui un niño de este hogar. Aquí mismo donde estoy parado en este momento, en la pileta, yo estuve sentado cuando era muy niño, deseando muchas cosas que ahora vuelvo a sanar”. Esa fue mi forma de cerrar el círculo.

Galería de imágenes

La multiplicación de las propiedades

Jorge Razeto, director del centro cultural que hoy ocupa el convento de El Almendral, cuenta que hace unos años organizaron un taller para que la comunidad recuperara historias locales: “Se editó un librito. Lo curioso es que entre los relatos apareció esto de que el hogar fue administrado por unas religiosas que tuvieron problemas, pero la gente no quiso que eso apareciera en el texto”. Al parecer, la comunidad prefiere no recordar los días en que el obispo Manuel Camilo Vial se enfrentó en tribunales con las Misioneras. “En el hogar había trato despótico. Eso está comprobado”, declaró Vial a revista Qué Pasa en diciembre de 1989.

En 1971, cuando las religiosas solicitaron en comodato el convento, sólo tenían dos casas, ambas en Los Andes. Una estaba en Freire 536 -herencia de la hermana Enriqueta- y otra en General del Canto 790, donada por una familia de la zona. Al momento de la disolución de la comunidad, en 1989, las religiosas manejaban -como propietarias o en usufructo- las siguientes propiedades:

  • Casa de Freire 536, Los Andes
  • Casa de Freire 530, Los Andes.
  • Casa de Papudo 106, Los Andes.
  • Casa de Santa Rosa 112, Los Andes.
  • Casa de General del Canto 790, Los Andes.
  • Parcelas 2, 29 y 30 del fundo El Castillo, en Calle Larga.
  • Reservas Cora 3 y 4 del proyecto de parcelación El Castillo, en Calle Larga.
  • Casa de calle Blanco 132, en Papudo.
  • Casona de huéspedes Bethania, en Papudo.
  • Una parcela en callejón El Convento, en El Almendral.
  • Propiedad en calle Ejército (del 647 al 653), en Santiago.

“Después de terminar la comunidad el padre obispo tuvo que ir peleando juicio a juicio los bienes. Yo fui testigo de que eso se compró con donaciones del extranjero para beneficio de los niños y así el obispo fue recuperando bienes”, relata la ex religiosa Elisa Muñoz. La demanda se inició el 21 de agosto de 1990 bajo el rol 46-060 del Primer Juzgado Civil de Los Andes. El juicio se encaminó a un acuerdo para que las misioneras restituyeran los bienes a cambio de que pudieran vender algunas propiedades para pagar deudas y que se les concediera el usufructo vitalicio de otras para su subsistencia. No obstante, ambas partes acusaron incumplimientos y el archivo del proceso no registra qué sucedió finalmente.

Elisa Muñoz dice que la mayor parte de las casas quedaron en manos del obispado, salvo la que era herencia familiar de Enriqueta Corvalán. El inmueble de calle Blanco, en Papudo, fue disputado en tribunales (causa rol 31.115 iniciada en junio de 1999) por familiares de la hermana Teresa que lo reclamaban como herencia, pero el fallo favoreció a la diócesis. La parcela de El Almendral fue inscrita por el obispado en 1990 y vendida dos años después a la Sociedad Schafer de Inversiones en 16,5 millones de pesos.

Según la versión de Elisa Muñoz, las parcelas de Calle Larga al parecer no podían ser vendidas hasta la muerte de las tres fundadoras de la congregación. Enriqueta Corvalán falleció el 15 de noviembre de 1991, Teresa Rubio murió el 15 de enero de 1996 e Ida Puigmarti el 3 de agosto de 2006. No obstante, un año antes del deceso de esta última el obispado de San Felipe vendió las parcelas 29 y 30 del fundo El Castillo en 125 millones de pesos cada una a la Sociedad Inmobiliaria El Castillo y a Inmobiliaria e Inversiones El Castillo. Los otros tres predios del sector de Calle Larga quedaron inscritos a nombre del obispado en 1991, pero dos de ellos -las reservas Cora 3 y 4- fueron traspasados a Paul Frings, un antiguo colaborador de las misioneras a quien se le reconoció que había suministrado los recursos para que las religiosas compraran esos terrenos.

Si los 250 millones de la venta de las parcelas 29 y 30 fueron aportados finalmente a los hogares de menores, respetando así la voluntad de los donantes de los fondos con que las misioneras adquirieron esos predios, es una información que la iglesia no entregó. El actual obispo Cristián Contreras señaló que sólo abriría los archivos de la diócesis y se referiría al tema si su antecesor, Manuel Camilo Vial, lo autorizaba. Pero no volvió a dar señales respecto de esa gestión. Vial, en tanto, no respondió los mensajes.

Un convento con mala imagen

El enfrentamiento entre el obispado de San Felipe y las Misioneras de la Transfiguración no fue el primer episodio crítico que registra la bitácora del viejo convento de El Almendral. El inmueble, cuya construcción se inició en 1862, nació bajo la dependencia del Colegio Misionero de Castro de la Orden Franciscana y los jóvenes chilotes que llegaban hasta San Felipe para recibir formación religiosa protagonizaron variados escándalos. A mediados de 1900, los conflictos llegaron a tal punto que las autoridades eclesiásticas ordenaron una investigación, según consta en el Archivo Franciscano.

“Resulta plenamente probado, a juicio de este ministerio: 1° que desde hace unos ocho o diez años no han faltado en la comunidad de El Almendral religiosos que hayan mantenido relaciones sospechosas con mujeres, de donde ha resultado en el pueblo el convencimiento de que con ellas cometieron actos de impureza o vivían en concubinato; 2° que domina en la misma comunidad el vicio de la embriaguez con escándalos públicos; 3° que la disciplina interior de la comunidad está muy relajada, pues son comunes las salidas nocturnas”, se lee en el riguroso informe.

El franciscano Rigoberto Iturriaga, actual encargado del archivo de la orden, escribió en junio de 2002 acerca de esos episodios: “La experiencia almendralina pasó siempre por malos momentos, tanto por la estructura del sistema como por el comportamiento de los estudiantes. Los profesores asumían su trabajo más por obediencia que por vocación, lo que de una u otra forma repercutía en la casa. Todos estaban mal calificados (…)”.